Seguíme en Redes

© 2019 Esteban Dómina.
Todos los derechos reservados.

9 de julio de 1816. La noticia más esperada.

A fines de 1815 las cosas no se presentaban nada bien para las Provincias Unidas. Apenas habían transcurrido poco más de cinco años desde mayo de 1810 y negros nubarrones se cernían sobre la Revolución inconclusa. Fronteras afuera, el panorama era harto complicado: Fernando VII había vuelto al trono de España y se preparaba una expedición militar para liquidar la guerra en América, y en el Alto Perú, tras la derrota de Sipe Sipe, la suerte había quedado echada. Fronteras adentro, el escenario no era más alentador; a la volatilidad política que devoraba juntas, triunviratos y directorios se sumaban la tirantez entre Buenos Aires y las restantes provincias. En aquel tiempo, buena parte del territorio respondía a José Gervasio de Artigas, el caudillo que había levantado a la Banda Oriental y a las provincias del litoral en contra de los mandos porteños.

La máscara de Fernando Pese a que se libraba una encarnizada guerra contra los españoles, aún no se había declarado la independencia. Esto era así, porque los hombres de mayo habían pergeñado un artificio para tomar el poder en sus manos sin romper del todo con España. Ese recurso un tanto ambiguo se dio en llamar “la máscara de Fernando” y consistía en que, hallándose Fernando VII cautivo de Napoleón Bonaparte, el estado de acefalía legitimaba la decisión de conformar un gobierno criollo hasta tanto el soberano español pudiera volver a ejercer su autoridad. Por esa misma razón le habían prohibido a Belgrano utilizar el pabellón celeste y blanco que él había creado. Los inspiradores de la artimaña sostenían que así se ganaba tiempo para, entre otros menesteres revolucionarios, organizar un ejército capaz de defender el gobierno cuando llegara el momento, y, entretanto, cosechar la mayor cantidad posible de voluntades propicias a la idea independentista. El ardid funcionó más o menos bien hasta que Napoleón fue definitivamente derrotado y en Europa se restableció el absolutismo. Y ahora, ¿qué?, se preguntaban aquí. San Martín, que se hallaba en Mendoza organizando el ejército de los Andes, tenía la respuesta: había llegado la hora de declarar la independencia de una buena vez y aguantar lo que viniera. Desde el campamento de El Plumerillo clamaba a las autoridades de Buenos Aires que se decidieran a dar ese paso.

¿Un príncipe inca? Así las cosas, finalmente se convocó a un congreso general, en Tucumán, lejos de Buenos Aires, la metrópolis, donde muchos provincianos no concurrirían por nada del mundo. En galera o sopanda, como dicen los manuales escolares, los diputados, provenientes de los distintos rincones del viejo virreinato, recorrieron los polvorientos caminos de la patria para acudir a la cita en Tucumán. Aquellos hombres debían abordar cuestiones tan importantes como resolver la forma de gobierno y dictar una constitución. Tan pronto se logró reunir dos tercios de los diputados –los artiguistas finalmente no concurrieron-, el congreso se puso en marcha. La sesión inaugural se realizó el 24 de marzo de 1816, en la legendaria casona cedida por doña Francisca Bazán de Laguna, refaccionada a las apuradas y amoblada como mejor se pudo con muebles prestados y sillas traídas de un convento vecino. La presidencia del Congreso era rotativa; le tocó en suerte a un sanjuanino, Francisco Narciso Laprida, ocuparla el 1º de julio. Hasta ese momento no había pasado gran cosa y la discusión giraba alrededor de la forma de gobierno a adoptar. La mayoría se inclinaba por una monarquía constitucional. Belgrano, recién llegado de Europa donde cumplió una misión diplomática, fue llamado por el Congreso para que expusiera el cuadro de situación reinante en el Viejo Continente. El general se presentó ante los diputados el 6 de julio de 1816. Según consta en el acta secreta de la sesión de ese día, después de abundar en detalles acerca de la situación planteada tras la caída de Napoleón, que los congresistas escucharon atentamente, soltó su idea de coronar a un príncipe inca. Belgrano les dijo a los diputados que, en su opinión, “la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía atemperada”, y, ante la mirada atónita de algunos de ellos, agregó “llamando la dinastía de los Incas por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta Casa tan inicuamente despojada del trono”. La iniciativa, honestamente concebida, pese a que contó con el apoyo de algunos diputados, quedó para ser debatida más adelante.

El gran día El reloj corría. Tres días más tarde, apremiados por el acoso de los españoles y por el apuro de San Martín, que fatigaba su pluma escribiendo cartas conminatorias al representante mendocino, Tomás Godoy Cruz; los congresales tomaron el toro por las astas y declararon solemnemente la independencia de las Provincias Unidas. Le tocó al circunspecto Juan José Paso, que oficiaba de secretario, dar lectura al acta donde quedaba asentada la “voluntad unánime e indubitable de estas Provincias de romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España”. Laprida, henchido de orgullo, fue el primero en estampar su alambicada rúbrica al pie del documento que luego, uno a uno, suscribieron los restantes diputados. Conocida la noticia, un clima de júbilo inundó la ciudad. Aquella noche, los congresales participaron de los festejos y del baile que se realizó en los patios, iluminados y adornados para la ocasión, de la vieja casona, al que asistieron las niñas más lindas de Tucumán y donde, seguramente, pudieron comentar los acontecimientos de aquella memorable jornada con los oficiales más connotados del Ejército del Norte allí presentes.

Lo que vino después La declaración de la Independencia era lo que San Martín esperaba desde hacía meses para poner en marcha su ambicioso plan de libertar primero Chile y después el Perú. Tal era su ansiedad que, para ahorrar tiempo, viajó hasta Córdoba donde se reunió con el Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, que regresaba a Buenos Aires. En ese encuentro se acordaron los detalles de la campaña que decidiría el destino de esta parte del continente. Entretanto, hasta fines de 1816, el Congreso continuó sesionando en Tucumán. A comienzos de 1817, mientras San Martín se aprestaba a cruzar la cordillera de los Andes, los diputados se trasladaron a Buenos Aires, donde proseguirían sus deliberaciones hasta 1820. El Congreso se disolvió pocos meses después de sancionar una constitución de corte centralista, que fue rechazada por las provincias, y luego que los caudillos del litoral derrotaran al Directorio en la batalla de Cepeda. Después vinieron años difíciles, pero la independencia ya era un logro irreversible.