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Cruce de los Andes: y llegó el gran día


“El 18 de enero rompió su marcha Las Heras y se dirigió al boquete de Uspallata”, cuenta Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín.

En los meses previos, el Gran Jefe había estado en todos los detalles, casi obsesivamente. “El general en jefe, silencioso y reservado, pensaba por todos; todo lo inspeccionaba y todo lo preveía hasta en sus más mínimos detalles, desde el alimento y equipo de hombres y bestias, hasta las complicadas máquinas de guerra adaptables, sin descuidar el filo de los sables de sus soldados”, dice Mitre.

Todo estaba dispuesto. Las bayonetas y sables salieron de la fragua de fray Luis Beltrán, que ardía día y noche en el campamento de El Plumerillo, donde también se elaboró la pólvora y las municiones

Era preciso que el coraje de los hombres en combate fuera estimulado por el clarín de guerra, poco usado en América. Según Mitre: “El ejército sólo tenía tres clarines. Al principio creyó suplir la falta fabricándolos de lata, pero resultaron sordos. Al pedirlos al gobierno, decíales: el clarín es instrumento tan preciso para la caballería que su falta solo es comparable a la del tambor en la infantería”. El Director Supremo, su amigo Juan Martín de Pueyrredón, le escribió: “Nos hemos reído mucho de la nueva fábrica de clarines de hoja de lata…Por aquí no hay más que los dos que remití a V. por el correo”. Y hubo clarines.

También se ocupó de las herraduras para las bestias y del calzado de sus hombres. Mandó a confeccionar “tamangos”, utilizando los desperdicios de cuero de las reses del consumo diario. “Eran una especie de sandalias cerradas, con jaretas a manera de zapatones de una pieza usados por los negros, y que los mismo soldados preparaban”, explica Mitre. Y hubo tamangos.

Y como no había cantimploras, para almacenar el agua necesaria para las travesías lejos de las fuentes, se improvisaron “chifles”, con los cuernos de esas mismas reses. Nada se desechaba. Y hubo cantimploras.

La necesidad de contar con una ración sana y acorde a las bajísimas temperaturas de la alta montaña fue resuelta con el “charquicán”, un preparado a base de charqui: carne secada al sol, tostada y molida, condimentada con grasa y ají picante. Cada soldado podía llevar unas ocho raciones en su mochila que, disueltas en agua caliente con harina de maíz tostado, componían un potaje nutritivo y sabroso a la vez.

Y así todo. Lo que faltaba, se improvisaba con ingenio. Lo importante era que al ejército pronto a partir en busca de la gloria, no le faltara nada. Ningún sacrificio era vano. La Patria estaba primero.