Día del Trabajador: cuando el 1º de Mayo no era una fiesta




En sus comienzos, la celebración del 1º de Mayo no era una fiesta como hoy, sino más bien todo lo contrario: una jornada de lucha que a veces se teñía de tragedia.


A fines del siglo diecinueve, los inmigrantes llegaban por oleadas al puerto de Buenos Aires: la Argentina, el granero del mundo de entonces, se presentaba ante sus ojos como una tierra promisoria, dispuesta a recibirlos con los brazos abiertos. Traían en sus baúles lo poco que tenían y, sobre todo, esperanza. Los contingentes más numerosos llegaban desde la vieja Europa, algunos escapando de los progromos -las feroces persecuciones raciales-, otros de la represión antiobrera y, casi todos, del hambre y la miseria. 

Como aquí no había viviendas suficientes, familias enteras se abigarraron en las viejas casonas convertidas en conventillos. Apenas chapuceaban el idioma. Los que tenían algún oficio lo ejercieron; y los que no, se conchabaron en los trabajos más duros, como braceros o albañiles. Entonces nacieron los primeros gremios, dominados por los anarquistas, los más revoltosos. Eran tiempos en que se peleaba duramente un lugar bajo el sol, y la policía “brava” del orden conservador no trepidaba a la hora de repartir balas y sablazos a mansalva. 

El cambio de centuria encontró nuevamente a Julio Argentino Roca en el sillón presidencial, quien, casi al final de ese segundo mandato, hizo dos cosas, una buena y otra muy mala: encargó a Juan Bialet Massé la preparación del célebre Informe del Estado de las Clases Obreras en la Argentina, un reporte tan dramático como esclarecedor de la realidad; y, por otro lado, sancionó la Ley de Residencia Nº 4.144, una norma que en palabras de hoy reservaba al Estado el derecho de admisión, facultándolo a deportar a los indeseables que provocaban desórdenes. 

La aplicación de esa ley xenofóbica produjo una barrida de activistas extranjeros, que fueron devueltos a sus respectivos lugares de origen. Para los personeros del régimen, eran individuos que parecían no entender que los dueños de la Argentina habían traído a los inmigrantes para fungir como mano de obra barata y no para interpelar al sistema ni reclamar una vida digna.


Huelgas y represión

Pese a la mano dura, en los años siguientes las protestas sociales, lejos de aplacarse, fueron en aumento y las huelgas se multiplicaron. Los paros solían acabar en grandes trifulcas callejeras entre gremialistas y “rompehuelgas” pagados por las patronales, o entre los manifestantes y la policía. Eran tiempos violentos; épicos, podría decirse. 

Una de las huelgas más recordadas fue la que llevaron adelante los trabajadores del puerto de Bahía Blanca, en julio de 1907, que terminó con la brutal represión de la Marina y dieciocho muertos como saldo. 

La gota que colmó la corta paciencia de los gobernantes fue la llamada huelga de los conventillos, que duró tres meses y puso en pie de guerra a los arrendatarios que protestaban por los alquileres altos y las deplorables condiciones de las casas de inquilinato.

Fastidiado, el gobierno dio luz verde al jefe de Policía de la Capital para que reforzara y equipara la fuerza y la pusiera a punto para garantizar el orden público. A su juego lo llamaron: el coronel Ramón Falcón era un duro, dispuesto a darles con todo a los que se atrevían a protestar por sus derechos. No, con él no iban a jugar esos anarquistas de m… que ni siquiera hablaban español. “La semana roja” estaba servida.


A fines del mes de abril de 1909, la federación anarquista –la legendaria Fora- convocó a una movilización para recordar a los mártires de Chicago y reclamar por la jornada laboral de ocho horas en Plaza Lorea, vecina al edificio del Congreso. Los socialistas, por su parte, llamaron a Plaza Constitución. 


Baño de sangre

El sábado 1º de mayo de aquel año, pasadas las cinco de la tarde, se concentró una gran cantidad de trabajadores, entre ellos mujeres y niños, dispuestos a marchar por las calles de Buenos Aires. Todo bajo la mirada atenta de Falcón quien, desde su automóvil, contemplaba la escena con cara de asco, despertando adrede la ira de los presentes que lo insultaron y le arrojaron algunas piedras. 


Cuando por fin, en medio de un clima tenso, el lugar estuvo poblado de banderas rojas y negras y el mitin estaba a punto de comenzar, sonó un disparo y la policía montada cargó sobre los manifestantes, pisoteándolos y repartiendo sablazos y balazos que dejaron un penoso saldo de una docena de muertos y casi cien heridos, algunos de los cuales fallecieron en los días subsiguientes. Las redadas siguieron hasta bien entrada la noche y cientos fueron a parar al calabozo, donde siguieron recibiendo palos. 

En respuesta, las dos centrales obreras decretaron una huelga general por tiempo indeterminado y exigieron la renuncia de Falcón. Tres días más tarde se convocó al pueblo a acompañar los féretros de las víctimas hasta el cementerio de la  Chacarita. La policía entró nuevamente en acción y dispersó a la columna de casi 60.000 personas que se extendía por varias cuadras, arrebatándoles los ataúdes para impedir el cortejo. Los disturbios prosiguieron en las inmediaciones y aún en el interior de la necrópolis, entre las tumbas, donde los hombres de Falcón seguían disparando a quienes lograron llegar hasta allí.

Con la ciudad paralizada por la huelga, la Bolsa de Comercio y la Cámara de Cereales, entre otras instituciones afines al régimen, organizaron un agasajo al jefe de Policía, que fue felicitado por el entonces presidente José Figueroa Alcorta. Y, por supuesto, confirmado en su cargo. 

La acción represiva se extendió durante los días que siguieron con el allanamiento y clausura de sindicatos y el asalto a los talleres de los periódicos que, como La Vanguardia y La Protesta, denunciaban la represión. Los presos se contaban por centenas y la ciudad estuvo virtualmente paralizada durante esa semana que pasó a la historia como la “Semana Roja”.


Ojo por ojo

Finalmente, el Comité de Huelga integrado por anarquistas y socialistas pudo parlamentar con las autoridades para frenar las persecuciones y lograr la libertad de los detenidos a cambio del levantamiento de la medida, lo que finalmente ocurrió el día lunes 10 de mayo cuando, a regañadientes, los huelguistas acataron la tregua y volvieron a sus trabajos. Sin embargo, las cosas no quedarían así. Muchos se habían quedado con la sangre en el ojo y todas las miradas se posaban sobre el jefe de Policía. 

Pocos meses después, el 14 de noviembre, mientras Falcón se trasladaba en su carruaje, un atacante solitario le arrojó al paso una bomba de fabricación casera que acabó con su vida. Se llamaba Simón Radowitzky, un anarquista ruso, que se salvó de la pena de muerte por no haber cumplido aún los dieciocho y en cambio fue confinado al penal de Ushuaia, donde cumplió una larga condena. La represalia fue feroz, y los deportados se contaron por cientos.

Un par de décadas más tarde, después que la Argentina se apaciguara y bajo otro gobierno de signo popular, el 1º de mayo fue declarado Día del Trabajo y convertido en una jornada festiva. Como debe ser. 


*Nota redactada para el Diario La Voz Del Interior

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