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El último Perón


Juan Domingo Perón falleció el 1 de julio de 1974. Vivió 79 años entre 1895 y 1974, un período histórico —las siete primeras décadas del siglo XX— de profundos cambios en la Argentina y en el mundo. La primera mitad de esa etapa, signada por el ascenso del yrigoyenismo, el primer golpe de Estado y la restauración conservadora en la década de 1930. Y la segunda mitad, con la marca indeleble del peronismo como divisoria de aguas de la política doméstica. Un periplo de desencuentros, marchas y contramarchas, que concluyó impregnado de inestabilidad y violencia. Durante ese tiempo, en el poder o fuera de él, Perón ocupó el centro de la escena haciendo gala de su acendrado pragmatismo para navegar en aguas procelosas, adoptando posturas y estilos cambiantes según las circunstancias. No recogió unanimidad, y fue tan venerado por sus seguidores como denigrado por sus antagonistas.


Desentrañar al último Perón, el de los meses postreros de su vida, requiere una lectura minuciosa del contexto en que le tocó actuar desde que decidió poner fin a su exilio y regresar a la Argentina en noviembre de 1972. Atrás quedaban 17 años de lejanía, durante los cuales debió ingeniárselas para no caer en el olvido ni perder la conducción de su movimiento. A favor de errores y torpezas de los que gobernaron el país durante todos esos años y lealtades de unos que neutralizaron traiciones de otros, logró conservar su liderazgo a distancia. El recuerdo de los sectores populares de su gobierno entre 1946 y 1955, con sus luces y sombras, le permitió perdurar en la memoria colectiva durante el obligado ostracismo y mantener el vínculo de confianza de quienes siguieron creyendo en él.


A lo largo de esos años azarosos, según los vientos que soplaban en el país, viraba desde posiciones contemporizadoras o expectantes al apoyo explícito a la lucha armada que llevaban adelante las “formaciones especiales”, como las llamaba. Un Perón que en su residencia madrileña desgranaba frente al grabador de Tomás Eloy Martínez su visión ecuménica de la hora o actualizaba ante la cámara militante de Fernando “Pino” Solanas la matriz doctrinaria peronista incorporando conceptos como “guerra revolucionaria” o “socialismo nacional”, a tono con el clima de época. Consciente del estado de cosas que encontraría, al abordar el avión para regresar a la Argentina tras una larga ausencia, proclamó que venía “como prenda de paz”, y eligió la metáfora del “león herbívoro” para sosegar a los antiperonistas.


Apenas pisó suelo argentino los acontecimientos se sucedieron en tropel: el abrazo reconciliatorio con el radical Ricardo Balbín en la residencia de Gaspar Campos, la conformación del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), la colorida campaña electoral de ese verano, el triunfo en las urnas en marzo de 1973, la efímera presidencia de Héctor J. Cámpora, la tragedia de Ezeiza que le ocasionó tremendo disgusto, la fórmula Perón – Perón, acompañado por su tercera esposa como vice, el asesinato de José Ignacio Rucci de alto impacto emocional y la tercera presidencia que duraría menos de nueve meses. Sumido en el vértigo de esos meses turbulentos, trató de mantener el control de la situación, apaciguar los espíritus y conducir un movimiento cada vez más polarizado en posiciones tan antagónicas como irreductibles. Sin embargo, no pudo contener los demonios liberados de esa Caja de Pandora en que se había convertido una Argentina desbordada de violencia.


La realidad —“la única verdad”, según solía repetir— se le fue irremisiblemente de las manos y lo indujo a endurecer progresivamente su retórica tanto como sus gestos: el más contundente de todos, el rompimiento con la llamada Tendencia Revolucionaria en ocasión de la celebración del 1º de Mayo de 1974.  El discurso que pronunció desde el legendario balcón de la Casa Rosada desnudó su estado de ánimo, su impotencia para poner freno al accionar de las organizaciones armadas que parecían no haber tomado nota de que en el país ya no había una dictadura sino un gobierno constitucional. Indignado por los cánticos de parte de la concurrencia, reprendió a voz en cuello a esos “estúpidos que gritan”, a quienes a continuación trató de “imberbes”. Una auténtica catarsis a cielo abierto. Es probable que haya creído que su estatura política, su reconocida autoridad, serían suficiente para poner freno al aquelarre en que se hallaba sumido el país; pero si fue así, no lo logró.


Su deteriorada salud tampoco ayudaba demasiado. El 6 de junio realizó una visita oficial al Paraguay, donde el presidente Alfredo Stroessner le tributó un recibimiento apoteótico; padeció los rigores del protocolo guaraní bajo la intensa lluvia que caía y regresó enfermo a Buenos Aires. Después de eso, ya no quedaba tiempo para mucho más, apenas para una última aparición pública el 12 de junio que dejó para la posteridad una imagen condescendiente de un Perón que saludó a los presentes asegurando “llevarse en sus oídos la música más maravillosa, que para él era la palabra del pueblo argentino”. Esa tarde desapacible y sin sol, en la Plaza de Mayo se respiraba un clima de despedida, acorde al tono del mensaje que pronunció tratando de aglutinar voluntades asegurando que “nosotros no defendemos ni defenderemos jamás otra causa que no sea la causa del pueblo”.


Tras ello, sus médicos le prescribieron reposo absoluto. Visiblemente desmejorado, se recluyó en la quinta presidencial de Olivos, donde su entorno se esforzaba por minimizar la gravedad del cuadro. Sin embargo, los doctores Pedro Cossio y Jorge Taiana tenían en claro que el paciente atravesaba sus últimas horas. El domingo 30 de junio comulgó por última vez. El infarto terminal se produjo al día siguiente. Su viuda, María Estela Martínez, comunicó la novedad por cadena nacional y asumió la presidencia de la Nación, que ejerció hasta el 24 de marzo de 1976.


El sepelio reunió una multitud que despidió en las calles porteñas al viejo líder. Las emotivas palabras de Ricardo Balbín, pronunciadas en la capilla ardiente montada en el palacio del Congreso —“este viejo adversario despide a un amigo”— saludaron a quien, a partir de ese momento, ingresaba al terreno intangible de la memoria.

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