La segunda batalla de Cepeda



El 23 de octubre de 1859 se libró la batalla de Cepeda. Poco después se firmó el Pacto de San José de Flores y parecía que desencuentro entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires tocaba a su fin.


La “política de fusión” impulsada por Justo José de Urquiza había naufragado ante la intemperancia de la provincia que desconocía la Constitución sancionada en 1853 y no acataba al gobierno con sede en Paraná. La cuestión de la aduana, que seguía en manos de Buenos Aires, dividía las aguas.

Lo que hasta allí era confrontación retórica muy pronto trocaría en acciones concretas. En abril de aquel año, el congreso paranaense dictó una ley facultando a Urquiza a reincorporar a la provincia separatista por las buenas o por las malas. Buenos Aires lo tomó como una declaración formal de guerra y se preparó para la contienda en ciernes. El gobernador Valentín Alsina, un halcón porteñista, encomendó a Bartolomé Mitre, que no le iba en zaga, el mando del ejército. En los meses siguientes, los representantes de varias potencias extranjeras intentaron acercar a las partes, pero sería en vano: las posiciones en pugna eran irreductibles.


La batalla se libró en la cañada de Cepeda, a orillas del arroyo del mismo nombre, en el límite de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. El mismo lugar que, en 1820, fue escenario del combate entre el último Directorio y los caudillos del litoral (imagen).


Con las primeras luces del 23 de octubre, confiando en la eficaz caballería entrerriana, Urquiza tomó la iniciativa y lanzó el ataque. Como el ejército confederal superaba en número al suyo, Mitre había montado un dispositivo defensivo, apoyado en su artillería e infantería, mejor equipadas para el lance. Antes de que cayera la tarde, el jefe porteño comprobó que le sería imposible sostener la posición y ordenó la retirada. Pese a que muchos fueron tomados prisioneros, logró poner a salvo al grueso de su ejército, que ese mismo día se reembarcó en San Nicolás y regresó a Buenos Aires.


Entretanto, a Urquiza le quedaba una vez más el camino expedito para entrar en la ciudad portuaria; sin embargo, como en ocasiones anteriores, prefirió la vía de la conciliación. Al día siguiente de la batalla, el vencedor lanzó una proclama dirigida a los bonaerenses, en la que les recordaba que había ofrecido la paz antes de combatir y de triunfar: “La victoria y dos mil prisioneros tratados como hermanos es la prueba que os ofrezco de la sinceridad de mis buenos sentimientos y de mis leales promesas”. Como lo había hecho después de Caseros, se ilusionaba con seducir a los díscolos porteños que, igual que entonces, seguían viéndolo como un émulo de Rosas y no admitían su jefatura. Urquiza no se arredró y, los primeros días de noviembre, acampó junto a su ejército en las inmediaciones de San José de Flores, al aguardo de los representantes de la provincia vencida para sellar el ansiado acuerdo.


Los enviados de Mitre acudieron a la cita. Pese a que traían como ofrenda la renuncia de Alsina, las primeras rondas fueron menos promisorias de lo esperado y las deliberaciones quedaron empantanadas durante varios días. Urquiza, por su parte, estaba dispuesto a permanecer allí hasta lograr el objetivo que perseguía.


El 9 de noviembre se reanudaron las conversaciones, que esta vez se reencauzaron hacia un entendimiento. Buenos Aires aceptó integrarse a la Confederación y acatar la Constitución de 1853, reservándose el derecho a revisarla. También hubo consenso alrededor del punto más álgido: hasta tanto se sancionase una nueva ley de Aduanas, Buenos Aires oxigenaría cada mes las arcas exhaustas de la Confederación. El 11 de noviembre se firmó el Pacto de Unión Nacional y quedó expedito el ingreso de Buenos Aires a la Confederación Argentina, en pie de igualdad con las demás provincias.


Pocas semanas después, en enero de 1860, la convención porteña revisó el texto constitucional sancionado en 1853 e introdujo modificaciones y enmiendas que a Juan Bautista Alberdi le parecieron excesivas. Para él, y para muchos referentes del espacio federal, eran demasiadas concesiones a quienes, recordaban con acritud, habían sido los derrotados en Cepeda, no los triunfadores. Sin embargo, Urquiza, magnánimo y pragmático a la vez, no se apartó de su postura y, anteponiendo una vez más la necesidad política de alcanzar la unión nacional, mandó a refrendarlas, tal como se concretó algunos meses más tarde.


Todo parecía encaminado hacia un final feliz. Santiago Derqui había reemplazado a Urquiza en la presidencia y Mitre era por entonces el hombre fuerte de Buenos Aires. Sin embargo, fue una ilusión pasajera; las diferencias no tardaron en reaparecer y los vientos de guerra volvieron a soplar, sólo que esta vez con mayor fuerza. . . pero esa es otra historia.



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