Miguel Juárez Celman, "el burrito cordobés"



El 6 de agosto de 1890, Miguel Juárez Celman renunció a la presidencia de la Nación, vaciado políticamente por la llamada Revolución del Parque.


“Y ya se fue, y ya se fue, el burrito cordobés…” coreaban, exultantes, los porteños que habían logrado sacarse de encima al presidente provinciano al que culpaban de todos los males del país. Hacía rato que en la metrópoli se vivía un clima de agitación y descontento, soliviantado por núcleos católicos, dirigentes políticos de dentro y fuera del oficialismo, y diversos sectores golpeados por la crisis financiera.


Juárez Celman formaba parte de la llamada Generación del 80 y del espacio que venía imponiendo las candidaturas del oficialista y excluyente Partido Autonomista Nacional. Fue Julio A. Roca quien digitó el nombre de su sucesor, miembro de su propia familia política: Juárez Celman estaba casado con Elisa Funes, hermana de Clara, la esposa de Roca. De ese modo, Roca devolvía los favores que su cuñado, siendo gobernador de Córdoba, le hiciera cuando prohijó su candidatura y facilitó su llegada al poder.


Sin embargo, las cosas pronto cambiarían cuando el presidente comenzó a mover las piezas para construir un poder propio. Levantó en soledad el “Unicato” que, más que una estructura de poder, era un estilo concentrado y autoritario de ejercicio de la política. La reacción no se hizo esperar: el primero en acusar recibo fue el propio Roca, quien tomó distancia y dejó al gobierno librado a su propia suerte. Lo mismo hicieron otros prominentes dignatarios del PAN y las principales figuras de la oposición: Bartolomé Mitre, Leandro N. Alem, Aristóbulo del Valle y una larga fila de civiles y militares disconformes con el juarismo.


La crisis financiera precipitó los acontecimientos. También influyó la virtual ruptura con la Iglesia que provocaron algunas medidas liberales y seculares, como la sanción de la ley de Matrimonio Civil que enardeció a la cúpula religiosa. Entretanto, la inflación, la emisión de moneda sin respaldo y la deuda externa iban en aumento. Las denuncias de corrupción estaban a la orden del día, lo mismo que las huelgas y las incipientes movilizaciones obreras. La crisis reinante le impedía al presidente cordobés desplegar su espíritu progresista que, sin embargo, asomó en algunas realizaciones de la época.


Aprovechando ese clima belicoso, la oposición convocó a un mitin en el Frontón Buenos Aires, que se convirtió en una flamígera asamblea donde brilló la oratoria de Mitre y Alem, ente otros. Nacía la Unión Cívica. Pasaron escasos tres meses para que, el 26 de julio de 1890, se produjera el esperado levantamiento del que participaron contingentes civiles y militares, la Revolución del Parque, así llamada porque los sublevados se acantonaron en el Parque de Artillería, en la actual plaza Lavalle de Buenos Aires. Hubo enfrentamientos armados durante varios días y un número impreciso de muertos que según algunas estimaciones llegó a los 300.


Las fuerzas leales lograron sofocar el levantamiento, pero el gobierno no pudo sobreponerse. Quedaron para la historia las palabras premonitorias del senador cordobés Manuel Pizarro: “la revolución está vencida pero el gobierno está muerto”. Huérfano de apoyo político y desgastado por los acontecimientos, Juárez Celman presentó la renuncia el 6 de agosto de aquel año.


El vicepresidente Carlos Pellegrini ocupó la poltrona presidencial y completó el mandato. La Unión Cívica, que se había mostrado eficiente para voltear al gobierno, no lo fue a la hora de unificar una candidatura presidencial y se partió en dos: una fracción liderada por Alem fundó la Unión Cívica Radical y otra, con Mitre a la cabeza, se entendió con Roca dando lugar en 1892 a la presidencia de Luis Sáenz Peña.


Juárez Celman arrastró en su caída a su hermano, Marcos Juárez, quien en ese momento era gobernador de Córdoba. Luego de abandonar el gobierno se llamó a silencio y no volvió a la actividad política. Tampoco contestó las diatribas, muchas de ellas exageradas, que se echaron a rodar. Se recluyó en su estancia La Elisa —llamada así en homenaje a su esposa—, en Capitán Sarmiento, donde pasó sus últimos años.


Murió en 1909, a los 64 años de edad y hasta hoy su memoria sigue envuelta en el disenso, cuando no en la injuria.

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