San Martín, in memoriam


¿Qué se puede decir de José de San Martín que no se haya dicho? Su figura, indisolublemente unida a la primera hora patria, fue evocada y recreada por un sinnúmero de obras literarias, manuales escolares, imágenes pictográficas, estatuas, billetes y películas.


Una biografía temprana corrió por cuenta de Bartolomé Mitre, autor de la “Historia de San Martín y la independencia americana”, publicada en 1887. Es una crónica puntillosa basada en los papeles personales del Libertador aportados por una de sus nietas, que pronto se convirtió en la piedra angular de la historiografía sanmartiniana y guion oficial de su profusa difusión ulterior.


Las estatuas ecuestres emplazadas en la mayoría de las plazas del país, a orillas del Canal de la Mancha en Boulogne-sur-Mer y en algunas capitales sudamericanas, complementan la imagen marcial más difundida de San Martín, asociada a la pieza pictórica que lo muestra de uniforme y envuelto en la bandera argentina, y a la marcha militar más popular, la de San Lorenzo.


La versión aludida pone el foco en el período más intenso de su vida, que transcurrió entre 1812 y 1822, cuando llevó a cabo las hazañas que lo inmortalizaron. Una década que media entre el regreso a suelo americano y el retiro definitivo; dos puntos de inflexión que siguen dando pie a diversas lecturas de las reales motivaciones de una y otra decisión. El San Martín más conocido es el personaje histórico de ese período, involucrado por completo en la guerra de independencia; una etapa cuyo punto más alto fue la organización del poderoso Ejército de los Andes, el cruce de loa cordillera andina y las victorias que abrieron paso a la libertad de Chile y Perú.


En 1822 se reunió con Simón Bolívar en Guayaquil para acordar las acciones conducentes a poner punto final a la guerra americana. No hubo entendimiento, y decidió retirarse de escena para permitir que fuera Bolívar quien quedara a cargo de la alta misión de concluir la guerra, como efectivamente pasó.


Ese perfil marcial se afirmó en el imaginario colectivo tras los fastos del “Año del Libertador General San Martín”, declarado como tal por el gobierno presidido por un general de la Nación —Juan Domingo Perón— y profusamente celebrado.


Sin embargo, aunque se trata de la misma persona, hubo otro San Martín; o, más pertinente, al menos otros dos.


Uno, que podríamos llamar el primero, es el que vivió en España durante 28 años, donde labró su formación militar y ganó preseas y reconocimiento por su desempeño en los campos de batalla. Ingresó con apenas once años al ejército real y participó en varias guerras, la postrera y más glamorosa, contra la Francia de Napoleón Bonaparte. Cuando la España borbónica había quedado reducida a Cádiz, tomó la decisión de sumarse a la guerra americana y, junto a otros camaradas, se embarcó en la George Canning, la fragata inglesa que arribó a Buenos Aires en marzo de 1812.


El otro San Martín es el que, en febrero de 1824, partió a Europa con Merceditas, su única hija, cuya madre, Remedios Escalada, había fallecido pocos meses antes. La finalidad de ese viaje era doble: alejarse de las intrigas domésticas y encaminar la educación de la niña. Ese destierro libremente elegido habría de durar 26 años, hasta su muerte, en 1850, y transcurrió entre Londres, Bruselas, París y, finalmente, Boulogne-sur-Mer.


Durante todo ese tiempo, estuvo acompañado por Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y las dos nietas que alegraron sus días. Acosado por recurrentes problemas de salud y una progresiva ceguera, llevó una vida austera y sedentaria; se mantuvo informado de todo lo que pasaba y recibiendo a visitantes connotados, como Juan Bautista Alberdi, Florencio Varela y Domingo Faustino Sarmiento, entre otros, quienes dejaron sus impresiones de esos encuentros.


Son entrañables los recuerdos de ese tiempo recopilados por uno de sus primeros biógrafos, Benjamín Vicuña Mackenna. Imposible no imaginar al viejo guerrero en su residencia solariega de Grand Bourg, cuidando el jardín, picando el tabaco para sus cigarros o paseando por los alrededores junto a sus nietecitas y su inseparable mascota, el perrito que con sus piruetas deleitaba a todos. Es el anciano venerable del único daguerrotipo que se conserva, expuesto en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.


Esa estancia europea tuvo su final el 17 de agosto de 1850 cuando —según sus propias palabras— irrumpió “la tempestad que lleva al puerto”. Hacía dos años que se había trasladado junto a los suyos a Boulogne-sur-Mer, donde alquilaba los pisos superiores de una casona residencial en esa ciudad frente al mar. La vida monástica y frugal que llevaba se puede apreciar en la sobriedad del dormitorio que se exhibe en el Museo Histórico Nacional, donado por su nieta Josefa.


Tras su muerte, comenzó otra saga, ya no terrenal, cubierta de la gloria que no disfrutó en este mundo en el que debió soportar mezquindades y rivalidades, cuando no agravios e injurias. Por fortuna, el tiempo hizo su trabajo y la memoria de José de San Martín decantó del modo más virtuoso, extendiéndose al conjunto de los argentinos, con el aditamento de que, progresivamente, aquella imagen olímpica viró hacia un perfil más humano, más propio de alguien de carne y hueso que de bronce, como se lo presentó durante décadas. Eso, gracias a que se fueron conociendo aspectos íntimos que la crónica tradicional censuró para, supuestamente, no menoscabar la solemnidad del personaje, que debía ser impoluto, toda virtud y ningún defecto, sin caer en la cuenta de que de ese modo se lo alejaba de los mortales, afectando su capacidad de convertirse en un sujeto modélico que, igual que todos, amaba, sufría, alternaba éxitos y fracasos, frustraciones y esperanzas.


Lo cierto es que hoy José de San Martín ocupa con toda justicia el lugar más alto del podio de los padres fundadores, junto a otros grandes de esa primera hora y es uno de los pocos protagonistas de su tiempo merecedores de respeto y consideración unánimes entre sus compatriotas. Y bien ganado se lo tiene.

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