Según pasan los años: Juguetes perdidos


Muñecas, trompos, baleros, nenucos, autos a cuerda, el recordado "Jeep loco" y otros juguetes de materiales variados ocupaban las habitaciones de niñas y niños del siglo 20.


Los juguetes de nuestros ancestros eran la clásica muñeca de porcelana para las niñas y el revolver para jugar a los cowboys para los varones, caballitos unisex de madera y poco más que eso.


Algunos requerían de cierta habilidad para operarlos, como el balero, por ejemplo, un artefacto de madera con un orificio al que había que ensartar, que luego fue reemplazado por el yo-yo, dos tapitas redondas de madera que subían y bajaban merced a sutiles movimientos ascendentes y descendentes del dedo donde se enrollaba el piolín que las sujetaba. Y el trompo, que se hacía girar tirando de una cuerda que luego se soltaba para que el pequeño adminículo puntiagudo bailase libremente.


Con el tiempo, hubo juguetes para todos los gustos y los bolsillos. Y de materiales diversos; de madera -camioncitos y casitas-, de bakelita, o de plomo, como los soldaditos, que hoy son objetos de colección. De lata eran, por ejemplo, unos tamborcitos cuyo redoble resultaba insalubre, especialmente a la hora de la siesta, hasta que el boom del plástico arrasó con todo. Estaban también los “irrompibles”, los Duravit, fabricados con una goma negra pintada.


Las muñecas eran de trapo o de goma, como los ositos de peluches, que podían vapulear y destripar a gusto, y réplicas de utensilios domésticos para armar “la casita”. Las pelotas de cuero y las muñecas parlantes eran palabras mayores, su pertenencia delataba la clase social de los felices tenedores o el poder adquisitivo de sus padres.


Un fútbol número cinco, de cuero, con sus correspondientes doce gajos, era caro y unos pocos tenían uno; los agraciados solían hacer valer dicha prerrogativa y para compartirlo con el resto exigían jugar de titulares, aunque casi siempre terminaran custodiando el arco. Y si no, estaba la Pulpo, la legendaria pelota de goma. En el peor de los casos, había que resignarse a correr detrás de la de trapo, envuelta en una media, artesanal.


Algo parecido pasaba con las muñecas que hablaban, lloraban y cosas así. Las Pier Angeli -se llamaban como una famosa actriz de cine de Hollywood- o las primorosas Rayito de Sol. Ambas venían en grandes cajas y costaban más dinero, por lo que merecían un trato posesivo de parte de sus dueñas, que no dejaban que el resto tocara sus mejores muñecas y que, pasada la infancia, conservaban en una repisa junto a la cama, todas en fila, algunas sentaditas, otras de pie.


Además, estaban los famosos nenucos, unos muñecos rechonchos y cachetudos como los bebés de verdad. Las Barbies -unas muñecas estilizadas inventadas en 1959- llegaron varios años más tarde y, en década de 1980, llegaron las muñecas articuladas de Sarah Kay.


Juguetes emblemáticos, como el “Jeep loco”, y los autitos a cuerda, que deambulaban hasta que, precisamente, se les acababa la susodicha cuerda manual; o a fricción, a los que había que frotar un par de veces contra el piso y luego soltarlos.


Los autos a pedales eran el sumun de la gama de rodados infantiles que incluía triciclos, monopatines y pequeñas bicicletas con rueditas. Los llamados “a pila” aparecieron a fines de la década de 1950; tenían luces, sonidos y se movían solos. Eran más caros que el resto, y solo se conseguían en las jugueterías mejor provistas. La gama era bastante amplia: autitos, aviones, trencitos, robots, ametralladoras. Eran, en general, importados; los japoneses llevaban la delantera y despertaban admiración.


Se recurría a los juegos de mesa o de salón cuando no se podía salir a la calle, como el juego de la Oca, las damas, la lotería de cartones -la popular tómbola- y El Estanciero. También estaban los rompecabezas, algunos muy sofisticados y de cientos de piezas; el Mecano, piezas sueltas de metal para armar; Mis ladrillos, unos bloquecitos de goma para arquitectos en potencia y un juego didáctico llamado El cerebro mágico, que prendía una lucecita cuando se resolvía el acertijo, antepasado del cubo de caras móviles de distintos colores.


En la década de 1990, en tiempos del uno a uno, hubo una avalancha de juguetes chinos que pusieron a la industria local al borde de la extinción. En las décadas siguientes, la evolución de los juguetes siguió el mismo ritmo vertiginoso de todo lo demás. Pocos de aquellos viejos juguetes sobrevivieron, arrasados por una parafernalia de última generación: inteligentes, digitales, interactivos, unisex, de factura acorde a la Generación Z, como play stations y videojuegos.


Lo que realmente importa es que el juguete siga despertando la imaginación, la fantasía, el momento compartido en una etapa de la vida que merece ser disfrutada a pleno: la edad de la inocencia.


* Nota para el Diario La Voz del Interior



Según pasan los años | Historia | Esteban Dómina

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