Según pasan los años, noviazgos y casorios a través de la historia


Desde los "filitos" y largos rituales de cortejo, al matrimonio igualitario y otras ampliaciones de derechos, los noviazgos y casamientos han cambiado en muchos aspectos.


Allá lejos y hace tiempo, para convertirse en pretendiente o novio oficial de una dama, el caballero debía recorrer el largo camino del “filito”, que empezaba con los primeros escarceos, seguía con el cortejo posterior y, superada la prueba, recién arrancaba el verdadero noviazgo, que habitualmente desembocaba en el casorio. El galanteo era recatado y solía recurrir a viejas costumbres: envío de bombones o flores, acompañados de una tarjeta formal, e incluso serenatas a domicilio.


Sin embargo, la aceptación de la destinataria no era todo, faltaba el consentimiento de sus padres. El examen era estresante y si salía bien parado, el festejante recibía la correspondiente autorización para visitarla en días y horarios permitidos. Durante esas visitas, casi nunca los tortolitos se quedaban a solas; los padres o algún hermanito merodeaban por el living. La madre, tejiendo o bordando, vigilaba desde su sillón con ojos y oídos atentos, hasta que hacía notar sutilmente a la visita que era hora de partir. El único instante de intimidad que tenían aquellos abnegados amantes de los años 1940 y 1950 era la despedida en el zaguán, donde, precipitadamente y al amparo de la penumbra, solían pasar cosas.


Lo correcto era que él fuera mayor que ella y que el noviazgo no fuera demasiado corto ni estirarse más de la cuenta. La siguiente estación era el “compromiso prematrimonial”. Aunque no estaba escrito ni regulado, ni daba lugar a derechos adquiridos, era el paso previo y estaba rodeado de rituales parecidos a los de la boda, aunque menos solemnes. Incluía anillo, torta, fotografías y cosas por el estilo. A su vez, era de esperar que, en esa instancia, los novios tuvieran resueltas cuestiones esenciales de su futuro matrimonial: dónde vivir —a menudo una primera temporada con los padres de ella— o tener comprados muebles y ajuar de la casa.


Tampoco debía pasar mucho tiempo entre el compromiso y la boda, para evitar que las lenguas viperinas hicieran su trabajo, poniendo en duda las intenciones de la pareja, sobre todo de él. Un año a lo sumo, no más, si no se quería caer en la cuenta regresiva del escarnio público. No existía peor baldón para una mujer que un hombre la dejase plantada tras haberse comprometido. En esos casos, la novia desairada solía quedar “para vestir santos”, como se decía de las solteronas.


Hasta que llegaba el gran día: el casamiento, con doble instancia para los creyentes, por Civil y por Iglesia. Para muchas de aquellas mujeres no había ilusión más grande que casarse de blanco —credencial de castidad— al son de la marcha nupcial, como indicaba la letra melosa de “La novia”, el hit de Antonio Prieto.


La noción de legalidad pesaba mucho: las “verdaderas” familias, según el paradigma vigente, eran las que tenían papeles en regla. Fuera de esa ciudadela amurallada por la ley, existían las uniones de hecho, impropias para la parte superior de la pirámide social. “Juntados”, se les llamaba despectivamente a quienes convivían sin libreta. “Concubinos” sólo se usaba en las crónicas periodísticas para aludir al estado civil de los involucrados en algún delito, no importaba de qué lado, si víctima o victimario. Aun cuando había violencia intrafamiliar y de género, no había femicidios a mansalva como hoy.


El deber de fidelidad era sagrado, sobre todo para las esposas; para ellos era más permisivo. No existía el divorcio vincular, y las separaciones estaban mal vistas: era tal el prejuicio reinante, que muchas mujeres preferían soportar las penurias de una pareja mal avenida o las infidelidades que el estigma de la separación. Lo hubo durante un corto tiempo, en medio de la pelea que Juan Domingo Perón sostuvo con la Iglesia católica durante su segunda presidencia, hasta que la Revolución Libertadora lo derogó y el matrimonio volvió a ser “hasta que la muerte nos separe”. Se festejaban las bodas de plata (25 años de casados) y las de oro (50); algunos llegaban a las de diamante (¡75!)


Con matices, ese modelo secular, eminentemente patriarcal, persistió hasta los años 1960, cuando el recambio generacional y cultural trajo consigo las relaciones prematrimoniales y la proliferación de uniones libres para disgusto de abuelas chapadas a la antigua. En 1968 se incorporó al Código Civil el divorcio por presentación conjunta de ambos cónyuges, que en 1987 se convirtió en vincular.


La ulterior ampliación de derechos, igualdad de género, familias ensambladas, matrimonio igualitario y otros avances, completaron el cambio jurídico y cultural y muchas de las prácticas reseñadas en esta nota quedaron definitivamente ancladas en el pasado.


* Nota para el Diario La Voz del Interior



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