Ayacucho, la batalla final



El 9 de diciembre de 1824 se libró la última gran batalla de la guerra americana. Ese día, en la Pampa de Ayacucho, en medio de las montañas peruanas, el ejército de Antonio José de Sucre, integrado por casi seis mil efectivos colombianos, peruanos y chilenos y argentinos, enfrentó a los cerca de ocho mil veteranos comandados por el general realista José de Canterac.


La primigenia intención de recuperar el Alto Perú había fracasado tras las sucesivas campañas del Ejército del Norte, encabezadas respectivamente por Antonio González Balcarce, Manuel Belgrano y José Rondeau. Allí se libraron los memorables combates de Suipacha, Huaqui, Vilcapugio y Ayohuma, hasta que en 1815 la derrota de Sipe-Sipe liquidó las aspiraciones de anexarlo a las Provincias Unidas y mantener la unidad física del antiguo virreinato del Río de la Plata.


San Martín declaró la independencia del Perú en 1821 pero no logró completar el dominio territorial del último reducto español. Luego de la entrevista de Guayaquil —celebrada en julio de 1822— y su alejamiento ulterior, la conclusión de la guerra de independencia había quedado en manos de Simón Bolívar, quien desembarcó en el Perú en 1823 y un año más tarde, el 6 de agosto de 1824, venció a los realistas en la memorable batalla de Junín. Los vencidos lograron salvar parte de sus fuerzas y se retiraron hacia la ciudad de Cuzco, donde estaba el virrey José de la Serna con tropas de refuerzo. Tras aquella batalla, Bolívar regresó a Lima en tanto que su lugarteniente, el mariscal Sucre, persiguió al enemigo para asestarle la estocada final.


El lance decisivo se libró en la Pampa de Ayacucho, y resultó una victoria completa del. del Ejército Unido Libertador. Los realistas sufrieron cerca de dos mil bajas y otros tantos prisioneros —entre ellos el virrey—, perdieron todo el parque de artillería, armas y bagajes. Y lo más importante: se esfumó la última esperanza de frenar la causa independentista en América. San Martín, orgulloso por el desempeño de sus hombres, escribiría: "De lo que mis granaderos son capaces solo lo sé yo; quien los iguale habrá, quien los exceda, no".


La capitulación se concertó allí mismo y significó el pleno reconocimiento de la independencia del Perú y la desocupación de todos los territorios que se hallaban en posesión de la corona española. Exultante, esa misma noche el mariscal Sucre le escribió a Simón Bolívar, su jefe y amigo, diciéndole que: “Los últimos restos del poder español en América han expirado en este campo afortunado...”. El mensaje le llegó al Libertador nueve días más tarde, en medio de un banquete. Eufórico, Bolívar se trepó a la mesa y, visiblemente excitado por la buena nueva, propuso un bridis en honor de Sucre y del ejército vencedor.


La noticia de la victoria llegó a Buenos Aires el 21 de enero de 1825, y fue festejada con repiques de campanas, salvas, fuegos artificiales e iluminaciones. Sin embargo, la República Argentina no volvería a recuperar el territorio altoperuano donde se derramó tanta sangre patriota. Inmerso en un estado de división interna y luchas intestinas; el país no había adoptado ninguna provisión dirigida a reivindicarlo legítimamente para sí y se limitó a convalidar lo actuado por los vencedores.

Producido el desenlace, cabían tres posibilidades: la primera, que el territorio liberado volviera a formar parte de lo que había sido el virreinato Río de la Plata, como hubiera correspondido. La segunda —la que al parecer prefería Bolívar— era que la región siguiera anexada al Perú, como lo estaba de hecho; y la tercera, la que acariciaban las autoridades locales, era declararlo soberano y constituir una nueva República.


El 6 de agosto de 1825, la Asamblea General de Diputados de las Provincias del Alto Perú, a instancias de Sucre, declaró país independiente al Alto Perú con el nombre de República de Bolívar, que más tarde fue cambiado por República de Bolivia. En 1826, se dictó la primera Constitución, que fue aprobada por el Congreso de Chuquisaca. Sucre fue elegido Presidente de la flamante República de Bolivia.


Lo cierto es que, en Ayacucho, la suerte americana quedó echada. El reino de España perdió la guerra que duró 14 años, entre 1810 y 1824, y debió resignar sus antiguas posesiones en América, pero en Buenos Aires no se hizo gran cosa para reivindicar legítimos derechos. Si, como debió ser, nuestro José de San Martín hubiera completado su gesta libertadora, el destino de esos territorios pudo haber sido otro, pero lo impidieron las mezquindades y dobleces de los gobiernos porteños que le soltaron la mano, obligándolo a dejar ese alto cometido en otras manos.


Por aquellos días asomaba en el horizonte una nueva amenaza: el Imperio del Brasil, que pretendía anexar la Banda Oriental… pero esa es otra historia.

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