Batalla de La Tablada


El combate de La Tablada se desarrolló a lo largo de dos jornadas: 22 y 23 de junio de 1829; un lance encarnizado que libraron José María Paz y Facundo Quiroga en un suburbio de Córdoba.


El primero había invadido la provincia y destituido al gobernador Juan Bautista Bustos, a quien había vencido en San Roque en el mes de abril. El Tigre de los Llanos, por su parte, había acudido con sus huestes en auxilio de Bustos.


La lucha fue feroz, cuerpo a cuerpo, en medio de sucesivas cargas de la caballería federal que no lograban dispersar la infantería del enemigo. Paz señala en sus Memorias que: "Era fácil conocer el punto que personalmente ocupaba Quiroga, pues allí se contenían los que iban en retirada, y daban frente a los que los perseguían, pero mientras volvían a otro punto, mediante los continuos amagos de nuestros escuadrones, volvían a continuar la retirada. Allí fue donde aquel caudillo atravesó con su terrible lanza a algunos que fueron menos dóciles a su mandato”.


Al caer la noche del día 22, Quiroga desistió de continuar las acciones y abandonó el terreno, en tanto que Paz consideraba que tras la retirada de su opositor el lance quedaba resuelto. Sin embargo, con las primeras luces del día siguiente, mientras Paz emprendía el regreso a la ciudad, Quiroga volvió a la carga y se reanudó la pelea sin cuartel. Al final del día, Paz redondeó la victoria: "La victoria fue completa. La artillería fue tomada como también toda la infantería que no murió con las armas en la mano. En el campo quedaban más de mil cadáveres enemigos, incluso los de la tarde anterior, que eran la cuarta parte de su fuerza. Mortandad enorme en proporción al número de los combatientes. Además, teníamos como quinientos prisioneros, entre ellos varios jefes y oficiales". A las bajas en el terreno deben sumarse las ejecuciones posteriores y otros actos de crueldad del bando vencedor, que fueron adjudicados al coronel Deheza. Así de feroces eran las cosas en esos tiempos de luchas fratricidas, cuando nadie perdonaba a nadie ni se tenía piedad por los vencidos, fueren del bando que sea.


En una primera instancia, las noticias acerca del resultado del combate fueron confusas, al punto de que las primeras daban cuenta de una victoria federal. Uno de los tantos que cayeron en el error fue el provisor del Obispado y rector de la Universidad, Benito Lascano, de filiación federal, quien mandó a redoblar las campanas para festejar la supuesta buena nueva. Paz ordenó su inmediato reemplazo en la Universidad y en el provisorato por Pedro Ignacio de Castro Barros, afín a su pensamiento.


Lo cierto es que la derrota del ejército federal había sido completa, la segunda en pocos meses a manos del mismo rival: el presuntuoso José María Paz. Contando el millar de bajas, prisioneros, heridos y desertores, fue muy poco lo que le quedó al temible Facundo, quien se replegó hacia Cuyo para rehacer sus fuerzas. Nada habían podido el coraje y la ferocidad que distinguía a sus hombres frente a la disciplina y oficio de los que esta vez tuvieron enfrente. Los “capiangos”, esos legendarios hombres-tigres de Facundo que otrora solían liquidar los combates en un santiamén, ese día dejaron el invicto en el camino, arrasados por la veteranía de Lamadrid, Pringles, Pedernera y otros, tan avezados y valientes como ellos, solo que del lado contrario. Tampoco de nada valió que Ángel Vicente Peñaloza, el “Chacho”, enlazara piezas de artillería durante el combate.


Según la versión más difundida, Bustos, herido durante la contienda y perseguido por una partida, abandonó el campo de batalla y se arrojó con su corcel al cauce del río Primero. Murió al año siguiente en Santa Fe, donde halló refugio.


Historia de Córdoba | Esteban Dómina | Historiador y escritor

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