Javier Lazcano Colodrero, un intelectual en tiempos turbulentos



El centenario de su muerte invita a evocar su memoria, indisolublemente unida a una etapa intensa de la historia cordobesa.


"Un hombre de talento, de distinción y de rara bondad acaba de terminar sus días en Córdoba, donde vivió su vida de afectos íntimos, de estudio y consagración al mejor oficio conocido: el de enseñar y educar a la juventud”. Así recordaba Joaquín V. González, en el prólogo de Mis notas, al autor de estas: Javier Lazcano Colodrero, fallecido el 25 de abril de 1920, hará mañana exactamente 100 años.

La publicación citada –una recopilación de poemas realizada por su hijo Godofredo– incluye “El bardo errante”, la poesía que su padre leyó en la velada literaria organizada por el Ateneo de Córdoba con motivo de la visita de Rubén Darío a la capital cordobesa, en octubre de 1896, quien le dedicó elogiosas palabras: “Literato serio, catedrático en su materia, respetuosísimo de las reglas y los preceptos...”, dijo de él.

El centenario de su muerte invita a evocar su memoria, indisolublemente unida a una etapa intensa de la historia cordobesa, de la que fue protagonista y representante cabal de una estirpe de políticos e intelectuales que alumbró un tiempo de transformaciones y crispaciones casi en igual medida.


Un librepensador

Nacido en 1848, integrante de una familia patricia de larga prosapia, su vida pública discurrió por las aguas encrespadas de la política, el periodismo y la literatura de una época donde no era fácil ganar notoriedad en esa Córdoba ilustrada y selecta a la vez, que, cual inquieta crisálida, forcejeaba para sacudirse los lastres de su pasado aldeano.

La enconada grieta de entonces dividía en forma tajante al sector más conservador, que respondía a los dictados de la Iglesia Católica, del que propendía a una visión civil y laica de la sociedad, en línea con los postulados de la llamada Generación de 1880 que gobernaba el país.

Lazcano Colodrero se sumó al capítulo cordobés, que reunía a seguidores locales de Julio A. Roca, librepensadores domésticos y simpatizantes de la masonería que pulseaban con el poder clerical.

En 1888, fue ministro de Hacienda e Instrucción Pública de Ambrosio Olmos –gobernante del Partido Autonomista Nacional (PAN), de impronta liberal– y luego de José Echenique, sucesor de aquel. Senador provincial en dos oportunidades por el oficialismo excluyente del PAN, fue miembro conspicuo del núcleo juarista que solía reunirse en El Panal, el exclusivo club fundado por Marcos Juárez, que en ese tiempo pulsaba las teclas de la política cordobesa. Intelectual erudito, ávido lector y docente de alma, fue profesor de Gramática y Literatura y más tarde rector del Colegio Nacional de Monserrat, el establecimiento señero a cuyo internado había ingresado tras la muerte de sus padres.


Escritor y educador

Escribía y enseñaba con la misma fruición. Fue maestro y consejero de jóvenes talentosos que pasaron por esas aulas, como Leopoldo Lugones, Arturo Capdevila y Joaquín V. González, entre otros, que encontraron en él al tutor literario capaz de prohijar sus empeños sin caer en alabanzas de ocasión.

En 1894, a pedido de su discípulo, prologó “Primera lira”, la obra temprana de Lugones que, aun cuando no llegó a publicarse, le abrió al novel poeta las puertas de Buenos Aires, según cuenta don Efraín Bischoff en su Leopoldo Lugones, el rebelde cordobés, donde recuerda que el joven Lugones frecuentaba la casa de su profesor en el barrio de quintas, alejado del centro, donde este escuchaba pacientemente sus versos.

Arturo Capdevila, en El alma de Córdoba, pintó de cuerpo entero a quien fuera su calificado maestro: “Excelente de toda excelencia, D. Javier Lazcano Colodrero, el de la levita ya infrecuente, el de los lentes a lo Quevedo, el escrupuloso profesor de Literatura, no cesaba de repetirnos con el Duque de Rivas que poesía es pensar alto, sentir hondo y hablar claro”.


A lo largo de su vida, despuntó su afición por el periodismo en los principales diarios de aquellos días en que hojas impresas de distinta orientación y estilo formaban opinión: director de El Progreso, periódico de inspiración liberal que hacía de contrapunto a la prensa clerical; más tarde del reeditado El Eco de Córdoba y de Córdoba, otro medio gráfico, y asiduo colaborador años después de La Voz del Interior y de La Libertad.

Ferviente partidario e impulsor de la educación común, integrante del Consejo Provincial de Educación, al tiempo de su muerte ejercía el cargo de inspector de escuelas municipales. Una calle de barrio Poeta Lugones y una escuela en Argüello (Córdoba capital) llevan su nombre.

La memoria de Javier Lazcano Colodrero sigue presente en la Córdoba a la que dedicó estos sentidos versos: “De un hondo valle en el fecundo seno, / cual pudorosa, tímida doncella, / bajo un cielo purísimo y sereno / álzase Córdoba graciosa y bella".

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