Por qué Juan Bautista Bustos, el gran olvidado




















El 18 de septiembre se cumplieron 190 años de la muerte de Juan Bautista Bustos, el primer gobernador constitucional de Córdoba, injustamente olvidado por la Historia.


Juan Bautista Bustos tuvo alto perfil en una década intensa, la de 1820. Fue gobernador de Córdoba y uno de los principales referentes del espacio federal que confrontaba con el unitarismo duro de la época. Gobernó al amparo de un Reglamento Constitucional que adoptaba el formato republicano y consagraba derechos y garantías ciudadanas a los habitantes de la provincia.

Durante nueve años de mandato, impulsó la educación, reformó la universidad, trajo la segunda imprenta, ordenó la administración y apoyó las actividades productivas, entre otras medidas que redondean una gestión virtuosa.

La pregunta, entonces, cae por su propio peso: Si no hubo violencia, intolerancia, corrupción ni nada vergonzante en sus períodos gubernativos, ¿por qué en Córdoba se tardó casi dos siglos en reivindicar su memoria?

Sin exagerar, podríamos estar frente a un caso de discriminación histórica si se confrontara la desatención que soslayó a Bustos con el justo tributo que se rindió a la memoria de otros cordobeses ilustres durante todo ese tiempo. A José María Paz o a Dalmacio Vélez Sársfield, por ejemplo, cuyos augustos apellidos comparten la principal avenida de la ciudad; mientras que Bustos tuvo apenas una calle fuera del radio céntrico y un barrio que lleva su nombre en una seccional.


El tiempo histórico


Para develar ese extraño sortilegio, es preciso bucear en los pliegues de la historia y recrear el tiempo histórico en el que le tocó actuar.

Entonces asoma la clave: Bustos desafió la matriz centralista, disputó con el porteñismo la dirección de la organización nacional en un momento crucial en que el destino de la nación en ciernes se jugaba a suerte y verdad.

Y perdió la partida a manos de Bernardino Rivadavia, encarnación del unitarismo que dominaba la otra orilla de la grieta, el mismo que no le perdonaría su irreverencia de Arequito, que provocó la caída del último Directorio, ni su explícito apoyo a José de San Martín, quien, falto de ayuda, había quedado librado a su propia suerte.

Por todo eso, el congreso que Bustos intentó reunir en Córdoba en 1821 ofrecía demasiados riesgos y fue saboteado desde Buenos Aires, que consiguió la localía y, como era de esperar, más tarde sancionó la constitución rivadaviana de 1826, repudiada por las provincias.

Su final, en 1830, estuvo rodeado del mismo dramatismo que encerró el de Manuel Dorrego, y si zafó del fusilamiento fue porque, tras la derrota de La Tablada, logró escapar a Santa Fe, donde falleció el 18 de septiembre de aquel año como consecuencia de las heridas sufridas durante la persecución.

Después, los escribas de la historia oficial reportaron ese tiempo aplicando a rajatabla la lógica sarmientina de civilización o barbarie, que marcó la cancha dejando de un lado a los buenos, los “civilizados”, y del otro a los malos, los “bárbaros”.

Bustos quedó del lado de los malos, cautivo del implacable estereotipo pergeñado por Sarmiento; ese traje a medida que presentaba a los caudillos como sujetos incultos, violentos y autoritarios, aferrados al atraso y venerados por masas ignorantes.

Sin embargo, esa visión maniquea de la historia no le cabe a Bustos, que no era inculto, violento ni autoritario como pueden serlo quienes no admiten límites a su poder ni toleran opiniones disidentes, y Bustos no incurrió en esas malas prácticas.

En Córdoba no hubo Mazorca ni excesos de ninguna clase; no hubo persecución política ni represión sangrienta como en otras partes. Por el contrario, la provincia gozó de un decenio de estabilidad en medio de la convulsión reinante y del internismo desenfrenado de la época.


Escriben los que ganan

La pregunta mordaz, zumbona, vuelve a repiquetear: ¿Por qué entonces generaciones enteras de cordobeses le dieron la espalda, sin reconocer sus méritos?

Repasamos otra vez su vida con ojo atento y comprobamos una vez más que no hay puntos oscuros ni mácula alguna que pueda mover a vergüenza, escarnio o desilusión de sus comprovincianos.

La historia la escriben los que ganan, y lo que les molestó de Bustos es que fuera un federal tozudo, capaz de sobrepasar los límites domésticos y disputarles la centralidad, interponiéndose en el camino de quienes tenían en mente una idea de país muy diferente.

No en vano desde la metrópoli se lo difamó, aisló y combatió, hasta derrocarlo. Y, por si fuera poco, se lo condenó al olvido, casi tan cruel como el destierro.

Bustos es el emergente de un tiempo tumultuoso en que Córdoba jugó fuerte y voló bien alto; un emblema de la rebeldía mediterránea, ese sello inconfundible de identidad de los cordobeses.

Fenecido su tiempo, durante las décadas que siguieron, la provincia quedó envuelta en un torbellino de intolerancia, crueldades y pérdida de autonomía sin que resurgiera en todo ese tiempo un liderazgo de sus quilates.

Por todo lo dicho, porque Juan Bautista Bustos expresa con fidelidad el espíritu cordobés, naturalmente indómito, y sigue representando una visión alternativa a la de los centros de poder, merece ser rescatado del olvido.


*Nota para el Diario La Voz del Interior


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