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Barranca Yaco


16 de febrero de 1835. La galera devoraba leguas a todo galope. El calor sofocante y el reuma que tenía a mal traer al viajero hacían doblemente penoso aquel viaje.

A fines de 1834 había estallado un conflicto entre los gobiernos de Tucumán y Salta. Quiroga ya no guerreaba; convertido en un citadino, residía junto a su familia en Buenos Aires, disfrutaba de la vida en la metrópoli y de la consideración con que lo trataba la sociedad porteña.

Sin embargo, a pedido del gobierno, partió hacia el norte para oficiar de mediador y evitar una guerra. En la Hacienda de Figueroa, Juan Manuel de Rosas le entregó la carta en la que planteaba que el país no estaba maduro para una constitución. Quiroga siguió viaje con aquella carta guardada en un bolsillo de su chaqueta.

No estaba del todo de acuerdo con esa postura. Su visión política había variado: él, que había repudiado la constitución rivadaviana de 1826, pensaba que sí había llegado la hora de organizar el país. Aunque acataba el liderazgo de Juan Manuel de Rosas, habían aflorado algunas diferencias entre ambos por esta cuestión.

La misión lo obligaría a atravesar la Córdoba de los hermanos Reynafé, un territorio hostil. Al regresar, confiado, desdeñó los consejos y se internó en la provincia sin tomar recaudos. Lo acompañaban su secretario privado, un puñado de hombres y un postillón.

En Barranca Yaco, un paraje inhóspito del norte cordobés, un grupo de jinetes ocultos en el monte aguardaba el paso del carruaje. Cuando la galera se aproximó, Santos Pérez, trabuco en mano, se adelantó y dio la voz de alto. Facundo asomó la cabeza y preguntó, ofuscado, quién mandaba aquella partida que osaba detener su marcha.

Por toda respuesta recibió un balazo en el ojo izquierdo. Los sicarios le abrieron la garganta y liquidaron al resto; ni el postillón, de apenas doce años, se salvó de la carnicería. Facundo tenía 46 años.

Lo velaron en la capilla de la vecina posta de Sinsacate, antes de trasladarlo a la Catedral de Córdoba. Rosas no vaciló en culpar a los hermanos Reynafé. Algunos decían que la mano del gobernador de Santa Fe Estanislao López, adversario de Facundo, podría estar detrás del crimen.

Mientras se sustanciaba el juicio que duró veinte meses, los restos del extinto fueron trasladados a Buenos Aires. Los funerales fueron fastuosos. Dos de los hermanos Reynafé fueron condenados y ejecutados en la plaza pública, otro murió poco antes en la cárcel y el cuarto logró huir.

“Yo, que he sobrevivido a millares de tardes

y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,

no he de soltar la vida por estos pedregales.

¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?”


(El general Quiroga va en coche al muere. Poema de Jorge Luis Borges)