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Cruce de los Andes: cómo nació la idea


José de San Martín fue el padre de la idea de cruzar la cordillera de los Andes para liberar Chile y luego pasar al Perú por mar.

¿Cuándo y por qué se le ocurrió? Es probable que la tuviera en mente cuando decidió sumarse a la gesta americana. Hay quienes sugieren que durante su paso por Londres pudo haber conocido el Plan Maitland, del oficial de la corona británica que había planteado una estrategia similar para capturar las colonias españolas en Sudamérica. Si así fue, San Martín nunca lo dijo ni lo recogen las crónicas de su época.

En marzo de 1812, cuando desembarcó en Buenos Aires, la guerra ardía en el Alto Perú, donde los realistas se habían hecho fuertes. Fracasada la primera campaña, estaba en marcha la segunda, al mando de Manuel Belgrano.

San Martín se abocó a organizar el regimiento de Granaderos a Caballo, que tuvo su bautismo de fuego en San Lorenzo, en febrero de 1813, cuando las victorias de Tucumán y Salta permitían alentar esperanzas. Sin embargo, las ulteriores derrotas de Vilcapugio y Ayohuma volvieron las cosas a fojas cero.

Le tocó reemplazar a Belgrano al frente del maltrecho Ejército del Norte. No creía en esa vía, pero acató la orden e instaló el cuartel general en Tucumán para reorganizar la fuerza con vistas a una tercera campaña.

En su mente bullía la idea que confió a Nicolás Rodríguez Peña, en marzo de 1814: “Ya le he dicho a V. mi secreto. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza para pasar a Chile y acabar allí con los godos”, y agregaba: “aliando los esfuerzos pasaremos por el mar a tomar Lima; ese es el camino y no éste, mi amigo”.

Enfermó y debió trasladarse a Saldán para reponerse. Allí, a la sombra del nogal, terminó de redondear lo que venía elucubrando. No por la vía del Alto Perú, que consideraba inviable, sino por Chile y luego por mar. Restablecida su salud, pidió al gobierno pasar a Cuyo.

Desde que llegó a Mendoza, en agosto de 1814, comenzó a organizar el ejército que se necesitaba para consumar la gran hazaña. La tercera campaña al Alto Perú, fallida como suponía, culminó en la gran derrota de Sipe Sipe en 1815.

Este nuevo fracaso ayudó a que prosperara su idea. Recién después de la Declaración de la Independencia logró la aprobación oficial del Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, quien le brindó todo su apoyo.

A partir de entonces, no hubo vuelta atrás. Logró reunir los hombres, pertrechos y vituallas que le faltaban y ya no habría vuelta atrás. Los hechos demostraron que no estaba equivocado y la gloria coronaría su lucidez, tenacidad y patriotismo.