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Cruce de los Andes: un gran ejército cruza la gran cordillera


El 24 de enero 1817 San Martín anunciaba su partida en carta a Tomás Godoy Cruz: “Mi amigo muy querido: El 18 empezó a salir el ejército, y hoy concluye el todo de verificarlo. Para el 6, estaremos en el valle de Aconcagua. Dios mediante, y para el 15, ya Chile es de vida o muerte. Esta tarde salgo para alcanzar las primeras divisiones del ejército”.

Para entonces, el grueso del ejército ya estaba en la alta cordillera. 5.000 hombres, 10.000 mulas, 1.600 caballos y ganado en pie transitaban por los estrechos senderos a más de 4.000 metros de altura, guiados por baqueanos y zapadores. Detrás, los milicianos que conducían bagajes, convoyes, víveres y el hospital de campaña.

Lo más complicado era trasladar el parque de artillería, cuyas piezas iban montadas en zorras tiradas por mulas o, en ocasiones, por milicianos, izadas en las laderas con cabrestantes capaces de elevar grandes pesos.

Había que sortear los numerosos cursos de agua, torrentosos y gélidos, que bajaban desde las cimas; a menudo se cruzaba más de una vez el mismo río, utilizando un puente portátil de cuerdas de esparto, que se recogía luego de que pasaban tropas y animales. Sin embargo, paradójicamente, el agua era un recurso escaso. Cuando era posible, se la recolectaba en chifles confeccionados con cuernos vacunos, y debía alcanzar hasta la siguiente recolección.

Se partía apenas despuntaba el sol y se marchaba hasta el ocaso. Los hombres caían de agotamiento luego de trajinar durante horas, soportando altas temperaturas de día y hasta 20º bajo cero por las noches, portando mochilas, armas y pertrechos. Eso, sin contar con el soroche: la falta de oxígeno que mareaba y enfermaba.

En lo alto no había con qué hacer fuego para calentar agua, había que acarrear una carga de leña con ese fin. Para iniciar la fogata se juntaba bosta seca acumulada en los senderos andinos. Tampoco había pasto ni nada que sirviera para alimentar a los animales, que se suplía con el forraje traído, sabiendo de antemano que sería insuficiente y muchos morirían de hambre y fatiga.

Al caer la noche, se encendía el fuego para alumbrar, calentar agua y preparar el charquicán o guiso valdiviano; entonces corría la módica ración de vino y aguardiente permitida por el Gran Jefe, se pitaba un cigarrillo armado y, enseguida, salvo los centinelas, todos se echaban a dormir. Con frecuencia, a la intemperie, bajo las estrellas, usando la montura para apoyar la cabeza y ponchos y jergones para cubrirse.

Así de penosa y heroica, fue aquella travesía de la que se cumplen 203 años.