¿Fin de la grieta?

Muchos se preguntan si la grieta que dividió a los argentinos en el pasado reciente y que se reflejó en el resultado electoral seguirá presente o tendrá fin. Obviamente, el anhelo mayoritario es lo segundo. ¿Será factible?

El voto ciudadano abrió esa posibilidad al distribuirse más proporcionalmente que en las PASO. La diferencia, notablemente inferior; la composición territorial de ese voto y la recuperación del actual oficialismo plantean un escenario alejado del hegemonismo que presagiaban las encuestas. En el Congreso que viene, ninguna fuerza tendrá mayoría propia.

Claro que la concreción de aquella aspiración mayoritaria dependerá de la voluntad de ambas partes, oficialismo y oposición, de avanzar en esa dirección en lugar de recrear la crispación de los últimos años. Hubo señales tempranas esperanzadoras, como el discurso del presidente y candidato de su espacio prometiendo ejercer una oposición “sana y constructiva”, la moderación del candidato electo y la fotografía de ambos en la Casa de Gobierno al día siguiente, cuando se puso en marcha la transición.

La responsabilidad es mutua según el rol que le tocará a unos y otros: el nuevo oficialismo, de implementar buenas prácticas institucionales basadas en el diálogo y la búsqueda de consensos, y la oposición mayoritaria de corresponderlas desde su lugar. Esto requiere que ambos espacios, sin perder identidad, miren más hacia afuera que hacía dentro de sí mismos.

Si las cosas se plantean de ese modo, significaría un cambio cultural que puede dar frutos virtuosos, como por ejemplo alumbrar un nuevo modelo político donde la coexistencia civilizada de dos grandes espacios o coaliciones partidarias garantice la calidad institucional y la transparencia en la gestión pública.

Sería deseable que la agenda de la emergencia, atiborrada de cuestiones acuciantes, no impida la búsqueda de acuerdos de fondo, capaces de trascender cuestiones coyunturales y gobiernos de distinto signo. No sería bueno postergar sine die ese ejercicio necesario; como tampoco lo sería suplir la construcción de una síntesis colectiva por la imposición de una visión unilateral sin suficiente consenso en la sociedad.

Despejado el panorama político de los próximos cuatro años, es tiempo de hacer un alto en el camino y trazar un diagnóstico realista, acordar hacia dónde se quiere ir y de qué modo emprender la marcha. Tras la restauración democrática de 1983 no se logró plasmar un acuerdo fundacional, capaz de obrar como punto de partida de un tiempo reparador y progresista.

A menudo se habla de los Pactos de la Moncloa, que le permitieron a España salir del Medioevo franquista y dar el gran salto hacia la modernidad. Las circunstancias por las que atraviesa la Argentina no son equiparables ni el mundo es el mismo de entonces. Sin embargo, lo que vale la pena rescatar de aquellos pactos, más allá de su contenido, es su enorme valor simbólico. La voluntad de sentarse a una misma mesa con el enemigo de ayer, la capacidad de anteponer el interés general de la nación a las conveniencias particulares de cada sector, la virtud de entender que para obtener algo del otro, antes se debe estar dispuesto a conceder en igual medida.

¿Será capaz la dirigencia argentina de recorrer ese camino virtuoso? Para muchos, la ilusión de una Moncloa criolla quedó reducida a la retórica reiterada en el discurso político y en ensayos de ocasión, pero jamás consumada en los hechos. Los presidentes democráticos, cada uno a su manera, consagraron ingentes esfuerzos y energías a acumular poder político antes que a construir consensos dirigidos a ampliar las bases de sustentación de sus respectivos gobiernos.

Hay escasos antecedentes de acuerdos en la historia argentina reciente: el Pacto de Olivos (1994), la Mesa de Diálogo (2002), que tuvieron efectos acotados y duración efímera. Entre nosotros, expresiones tales como “políticas de Estado” o “acuerdos programáticos” suelen despertar incredulidad por las veces que han sido agitadas en vano, devaluadas por las innumerables ocasiones en que se enmascaró bajo esos rótulos pomposos lo que no eran más que clichés para salir del paso o capear el temporal.

Sin embargo, la hora impone la necesidad de alcanzar consensos básicos, capaces de operar como puntos de apoyo para salir de la grieta y emprender acciones sustentables de cara al futuro, que no sean desechadas como es habitual cada vez que se produce un cambio de gobierno o ciclo político.

Al respecto, una somera lectura retrospectiva deja la sensación de que, por distintas razones, el país, sumido en discrepancias y divisiones estériles, dejó pasar las oportunidades históricas favorables que se le presentaron y que, en más de una ocasión, los vientos propicios fueron desperdiciados en medio de discusiones inconducentes acerca de si izar o no las velas en lugar de, simplemente, izarlas, y permitir que el viento las hinchase y nos hiciera avanzar. Algunas veces, cuando por fin se resolvía hacerlo, ya no había viento o soplaba en contra.

Por ventura, estamos frente a una gran oportunidad de revisar esas conductas que nos impidieron aprovechar las enormes potencialidades que ofrece nuestra querida Patria. Sería una pena volver a incurrir en los mismos errores del pasado.

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