Rivadavia, ¿ángel o demonio?


Bernardino Rivadavia murió el 2 de septiembre de 1845. Su carrera política comenzó en tiempos de la Revolución de Mayo; aunque no formó parte de la Primera Junta, poco más tarde fue secretario político y referente del Primer Triunvirato, que tuvo corta vida.


En 1814 el gobierno lo envió a Europa para cumplir una delicada misión diplomática junto a Manuel Belgrano, donde permaneció varios años tratando de tejer relaciones para que las naciones más poderosas reconocieran la independencia del Río de la Plata, un propósito que quedó en nada y debió regresar con las manos vacías.


En 1821 fue designado ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires —desde 1820 no había gobierno nacional— y desde ese cargo impulsó fuertes reformas que embistieron a fondo contra prácticas e instituciones subsistentes desde tiempos coloniales. El conflicto más ruidoso fue el que suscitó con la Iglesia, a raíz de las medidas destinadas a restarle poder, una osadía que el alto clero no aceptó de buen grado.


Concluido el mandato del gobernador Martín Rodríguez y su gestión ministerial —el momento histórico conocido como “la feliz experiencia”—, se trasladó a Europa, donde pasó una nueva temporada, esta vez operando negocios, como el de las minas del Famatina.


De vuelta en el país, en 1826 fue designado Presidente por el congreso convocado durante su ausencia para dictar una constitución y organizar la nación. Gobernó sin sustento popular y con múltiples frentes abiertos: la puja entre unitarios y federales pasaba por su momento más álgido y el país se había embarcado en la guerra con el Brasil. La constitución sancionada en diciembre de 1826 fue unánimemente rechazada por las provincias, lo mismo que el tratado de paz que no llegó a refrendar, que significaba la pérdida de la Banda Oriental. Acosado por los cuatro costados, la tambaleante presidencia rivadaviana se desplomó definitivamente en junio de 1827. “Soy la razón y no quiero ser la fuerza”, afirmó al presentar la renuncia. Caía el telón sobre su actuación pública.


La lista de los cargos levantados en su contra era larga; sus detractores le endilgaban la paternidad del “unitarismo salvaje”, la sanción una Constitución centralista, el ruinoso empréstito concertado con la Baring Brothers, los contratos leoninos suscriptos con la Minning Company, las ofensivas reformas militar y religiosa, la escandalosa ley de Enfiteusis, el desprecio hacia las provincias y sus caudillos, el ominoso tratado de paz con el Brasil firmado por Manuel García, entre otras felonías por el estilo.


Contra semejantes acusaciones, era poco lo que podía alegar en su favor, como no ser haber intentado —aunque no siempre del modo más correcto— remover las bases del viejo régimen colonial para modernizar el país y dotarlo de instituciones progresistas. Probablemente pensaría que su fracaso se debió a querer adelantarse a los tiempos de un país que aún no estaba maduro para ciertos cambios, o a que le faltó “cintura política” y soslayó el poder que aún conservaban ciertas corporaciones ancestrales, como la Iglesia católica, o que Facundo Quiroga no estaba dispuesto a quedarse fuera del lucrativo negocio de las minas del Famatina.


Políticamente derrotado y retirado definitivamente de la vida pública, en 1829 partió rumbo al exilio. Permaneció un tiempo en el Uruguay y luego siguió viaje a Europa. En París se dedicó a traducir textos, entre otros El arte de criar gusanos de seda, de Dándolo. En 1834, creyendo que en su patria había amainado el temporal, intentó volver, pero el gobierno de Juan José Viamonte lo expulsó ni bien puso un pie en Buenos Aires.


Para evitar una nueva separación, su esposa, Juana del Pino —hija de uno de los últimos virreyes españoles—, y Martín, su hijo menor, marcharon con él al nuevo destierro. Se instalaron en Colonia y más tarde en Río de Janeiro, donde en 1841 murió Juana. Viudo y despechado con los argentinos, se trasladó a Europa. A comienzos de 1843 se radicó en Cádiz, donde alquiló el piso alto de una casona residencial para vivir junto a dos sobrinas políticas. Allí murió el 2 de septiembre de 1845, pidiendo que su cuerpo “no volviera jamás a Buenos Aires”. Había cumplido 65 años.


Siguiendo sus deseos, su cuerpo fue sepultado en Cádiz. Sin embargo, su última voluntad no fue respetada y sus restos fueron repatriados en 1857. Desde 1932 descansan en el mausoleo levantado en Plaza Miserere, sobre la avenida porteña que lleva su nombre.


Hasta hoy, su memoria sigue dividida entre quienes reivindican su obra y quienes lo denigran. ¿Ángel o demonio?

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