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© 2019 Esteban Dómina.
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Batalla de Salta

La enorme victoria del 24 de septiembre de 1812 en Tucumán había quedado atrás; ahora el ejército patriota marchaba a Salta en pos del enemigo.

Pío Tristán, el jefe realista, mandó a bloquear el acceso a la ciudad. Manuel Belgrano, que lo conocía, le escribió para no derramar sangre de hermanos: “¿Qué mayor gloria para tu General, para ti, para mí y para cuantos tenemos el distinguido título de Americanos, que unir nuestras opiniones, nuestros deseos y nuestros trabajos por la Patria?

Pero Goyeneche, el general aludido, ordenaba ir por todo. Habría batalla entonces. El capitán José Apolinario Saravia, conocedor del terreno, propone bordear la Quebrada de Chachapoyas y caerles por la retaguardia. Belgrano aprobó el plan.

Esa misma noche, los nuestros emprendieron la marcha por el estrecho sendero de montaña bajo un intenso aguacero. Al amanecer, exhaustos y empapados, llegaron a la hacienda de Castañares, una legua al norte de la ciudad.

“¡Sólo que fueran pájaros!”, exclamó Tristán, cuando se enteró de la novedad. En el acto ordenó trasladar hombres y cañones para presentar batalla.

A media mañana de aquel 20 de febrero por fin el sol iluminó los cerros salteños. Belgrano —que pasó la noche en vela por la fiebre y los vómitos de sangre— tenía listo un carro ligero por si no podía montar a caballo. Pero finalmente pudo.

La divisa celeste y blanca flameaba por primera vez en un campo de batalla. Las primeras escaramuzas favorecieron al bando realista. “¡Avance usted y llévese por delante al enemigo!”, ordenó a Manuel Dorrego, quien cumplió la orden al pie de la letra. Equilibradas las acciones, la carga patriota fue imparable y los realistas comenzaron a ceder terreno

Cuando el encarnizado combate se trasladó a las calles de la ciudad, Tristán decidió rendirse. Al día siguiente, oficiales y soldados desfilaron ante Belgrano y depositaron sus armas a los pies del vencedor, quien les perdonó la vida haciéndoles jurar que no volverían a tomarlas en contra de las Provincias Unidas. Algunos no cumplieron la palabra empeñada.

Los 500 muertos de ambos bandos fueron inhumados en una fosa común. Sobre ella, una gran cruz de madera rezaba: “A los vencedores y vencidos en Salta el 20 de febrero de 1813”. Estuvo en pie más de 60 años antes de caer vencida por el tiempo (imagen).

El gobierno premió a Belgrano con 40 mil pesos del tesoro público, que el jefe patriota declinó para que con esa suma se levantaran cuatro escuelas. Así de grande era.

La segunda victoria consecutiva de las armas de la Patria en menos de cinco meses tonificó los espíritus y fortaleció la esperanza. Belgrano había salvado la causa de la independencia cuando parecía que todo estaba perdido.

Gracias, Belgrano.