Cruce de los Andes: rumbo a la gloria


El ejército cruza la alta cordillera. El Gran Jefe marcha a lomo de mula, cerrando la columna principal que avanza por el paso de Los Patos. Lleva en sus alforjas la última carta de Pueyrredón, en la que el Director Supremo le decía: “Es preciso que Dios sea godo para que no ayude nuestra empresa”.

Según Mitre, San Martín “vestía una chaqueta guarnecida de pieles de nutria y envuelto en un capotón de campaña con vivos encarnados y botonadura dorada; botas granaderas con espuelas de bronce, su sable morisco ceñido a la cintura; cubierta la cabeza por su típico falucho bicornio, forrado en hule, que, para mayor seguridad, sujetó con un pañuelo por debajo de la barba”.

Tenía muchos problemas de salud: úlceras a veces sangrantes, problemas respiratorios y una gota incipiente. Males psicosomáticos, que recrudecían con frecuencia cuando el estrés lo agobiaba. Para calmar los dolores gastrointestinales, tenía a mano un brebaje a base de láudano, un placebo que sus enemigos usaron para tacharlo de opiómano. Cuando podía, tomaba baños termales para aliviar el dolor de articulaciones. Padecía insomnio y a menudo dormía sentado cuando el asma le cerraba los bronquios. Diego Paroissien, médico del ejército, vigilaba con ojo atento la salud del Gran Jefe.

Próximo a cumplir 39 años, hacía casi treinta que llevaba vida de cuartel. Además de ser un hombre reconcentrado y meticuloso, que no dejaba nada librado al azar ni solía expresar sus sentimientos, no se cuidaba demasiado: fumaba y la ingestión de carne y guisos picantes no ayudaban a su úlcera.

Sin embargo, no descansaría hasta que la independencia americana y el sueño de la Patria Grande se hagan realidad. En Mendoza quedaron su esposa Remedios y Mercedes Tomasa, la pequeña hija de cinco meses. Su mente está dividida entre los afectos íntimos y la suerte de esa guerra que en los próximos días se jugará al todo o nada en tierra chilena. Gloria o muerte; bien sabía que no había término medio. En todo eso cavilaba mientras la mula, cautelosa, hollaba los senderos cordilleranos.

En la cuesta de Valle Hermoso se desató una tempestad de granizo que obligó a detener la marcha. Cuando amainó la tempestad, cuenta Mitre que: “Apeóse de su mula, se recostó en el suelo y se durmió con una piedra por cabecera. Al tiempo de continuar la marcha, pidió a su asistente los chifles guarnecidos de plata en que llevaba su provisión de agua y de aguardiente de Mendoza; invitó al coronel Hilarión de la Quintana —a quien había nombrado su primer ayudante de campo—, y reconfortado por aquel corto sueño después de tantas noches de vigilia, encendió un cigarrillo de papel y mandó que las charangas de los batallones tocasen el himno nacional argentino, cuyos ecos debían resonar bien pronto por todos los ámbitos de la América del Sud”.

En lo alto, un cóndor con sus alas desplegadas sobrevuela la escena.

Sencillamente, sublime.

Seguíme en Redes

© 2019 Historiador Esteban Dómina.
Todos los derechos reservados.