Intelectuales en la grieta

Actualizado: 14 de dic de 2019

El apoyo público de intelectuales y artistas a algunas de las candidaturas en juego suscitaron polémica. Sin embargo, no se trata de un fenómeno nuevo: en el pasado, los intelectuales, en general, no permanecieron indiferentes a los avatares de la política.

Todos los partidos —radicalismo, peronismo, de izquierda o derecha—, en mayor o menor medida, contaron a lo largo de la historia con la adhesión explícita de referentes del pensamiento, la cultura y el arte en sus distintas manifestaciones. Incluso los golpes de Estado y las dictaduras tuvieron defensores y exégetas.

Desde la primera hora, el debate intelectual —no exento de exabruptos o fricciones— marcó el clima de época. Mariano Moreno volcaba sus ideas libertarias en La Gazeta; el Padre Castañeda castigaba a Rivadavia en El Desengañador Gauchipolítico, mientras las plumas de El Argos celebraban la “feliz experiencia”. Y así.

Juan Manuel de Rosas tuvo opositores intelectuales. Enconados, como Domingo F. Sarmiento, o moderados como Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, Juan Bautista Alberdi y otros contertulios del Salón Literario de Marcos Sastre.

Después de Caseros, el debate cobró voltaje. A ese tiempo pertenece la encendida polémica entre Alberdi y Sarmiento plasmada en Cartas Quillotanas y Las ciento y una, un furibundo cruce epistolar de visiones diferentes. En tiempos del llamado Orden Conservador, el liberalismo laicista del oficialismo chocó con las posturas confesionales. En ambas veredas revistaban pesos pesados, como José Manuel Estrada y Nicolás Avellaneda por los católicos y Sarmiento y Eduardo Wilde por los laicistas.

En la década de 1920, Leopoldo Lugones, destacado referente cultural de la época, pronunció la célebre frase premonitoria: “Ha sonado otra vez en América, la hora de la espada”. Gustavo Martínez Zuviría —Hugo Wast— y Carlos Ibarguren siguieron esa línea que ponderaba el orden como pilar del Estado. Entretanto, el grupo vanguardista de calle Florida —integrado entre otros por Ricardo Güiraldes, Leopoldo Marechal y Oliverio Girondo—coexistía con otro cenáculo intelectual al que pertenecían Roberto Arlt, Leónidas Barletta y Raúl González Tuñón, que tenía su sede en el barrio de Boedo.

En la década de 1930, la política liberal del régimen tuvo su contracara en las posturas nacionalistas que defendían pensadores y referentes agrupados en FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), del que formaban parte Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi, Arturo Jauretche y Gabriel Del Mazo, entre otros.

En la década siguiente, el peronismo, como todo fenómeno disruptivo, socavó la grieta cultural. La mayoría de los intelectuales más connotados y las elites ilustradas aferradas a la cultura clásica abjuraron de él. “Alpargatas sí, libros no”, era la consigna de los sectores excluidos del limbo cultural de entonces. La revista literaria Contorno, fundada en 1953 por David e Ismael Viñas, Noé Jitrik, León Rozitchner y otros, fustigaba al peronismo por izquierda. Victoria Ocampo, desde la revista Sur, fue otra contumaz opositora.

Sin embargo, no toda la inteligencia argentina era antiperonista. Además de los miembros de FORJA que se sumaron, nombres emblemáticos de la cultura nacional como Enrique Santos Discépolo, Leopoldo Marechal, Manuel Gálvez, Elías Castelnuovo, César Tiempo y otros, se identificaron con el peronismo. Más tarde, los excesos de la Revolución Libertadora indujeron la autocrítica de algunos referentes culturales notables, como Ernesto Sábato.

Durante los años 60, los intelectuales fueron activos protagonistas de ese tiempo histórico, sobre todo durante la dictadura de Juan Carlos Onganía. Eran de lectura corriente libros de autores comprometidos como Rodolfo Walsh, la historia argentina de Jorge Abelardo Ramos y Norberto Galasso, ensayos de Ismael Viñas y Juan José Hernández Arregui y novelas de Marechal y Julio Cortázar. El circuito underground de películas, teatro y música estaba en su apogeo. Fernando “Pino” Solanas y Octavio Gettino dirigieron La hora de los hornos, un filme testimonial al servicio de la militancia.

En la década siguiente, la primavera intelectual se extinguió al compás del advenimiento temprano del terrorismo de Estado. Fueron tiempos de listas negras y persecución explícita a referentes de la cultura, muchos de quienes debieron abandonar el país tras recibir amenazas de muerte de las Tres A. Luego vino el Proceso, que profundizó la represión y contó entre las miles de víctimas a numerosos intelectuales, como Haroldo Conti, Héctor Oesterheld y Rodolfo Walsh, entre tantos otros.

Recuperada la democracia en 1983, los ciclos que se sucedieron —alfonsinismo, menemismo y kirchnerismo— tuvieron adherentes y detractores en el universo intelectual. Raúl Alfonsín concitó el apoyo de numerosos artistas y pensadores de su tiempo, en tanto que Carlos Menem gozó del favor de la farándula y, salvo algunas excepciones, fue criticado por la mayoría de los intelectuales. Néstor Kirchner recuperó parte de ese tejido y, más tarde, la presidenta Cristina Fernández tuvo el apoyo orgánico de Carta Abierta, un grupo afín a su gobierno que abrevaba en las ideas de Ernesto Laclau. El debate giraba alrededor del paradigma nacional y popular versus el populismo achacado por la oposición.

La gestión de Mauricio Macri, el actual presidente, también moviliza opiniones a favor y en contra. De un lado, quienes objetan el autoritarismo y plantean no volver al pasado, y del otro, quienes cuestionan el rumbo liberal del gobierno.

Un recorrido por la línea de tiempo de periódicos y libros, medios audiovisuales y las redes sociales de hoy, permite comprobar que el debate intelectual —la savia de la democracia bien entendida— sigue vivo. Enhorabuena. No en vano la primera libertad que suprimen las dictaduras es la de expresión.

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