Las batallas del 3 de febrero

Actualizado: ene 14


El mismo día, con 39 años de diferencia —los que van desde 1813 a 1852—, se libraron dos batallas trascendentes: el combate de San Lorenzo, bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos; y la batalla de Caseros, que puso fin al gobierno de Juan Manuel de Rosas.


SAN LORENZO

Febo asoma, ya sus rayos iluminan el histórico convento… Amanecía aquel 3 de febrero de 1813 y el sol iluminaba el convento de San Carlos Borromeo, a orillas del Paraná.


Tras sus muros, sordos ruidos oír se dejan de corceles y de aceros… Los soldados y su comandante habían llegado la noche anterior; al despuntar el alba, se parapetaron detrás del edificio. Sin ruidos ni relinchos, para no alertar al enemigo de su presencia.


Son las huestes que prepara San Martín para luchar en San Lorenzo… Eran 120 granaderos reclutados y entrenados por el coronel José de San Martín para conformar un cuerpo de caballería de elite, que ese día tendría su bautismo de fuego, lo mismo que su jefe en suelo americano.


El clarín, estridente sonó, y la voz del Gran Jefe a la carga ordenó… El plan era aguardar que el enemigo bajara a tierra y sorprenderlo. Hacía días que San Martín venía siguiendo de cerca el recorrido de aquella escuadrilla española que el gobierno quería impedir que siguiera asolando la ribera. Apenas clareó, subió al campanario con su catalejo para constatar el desembarco. Mandó entonces a sus hombres a salir sigilosamente por detrás con sus caballos, y ocultarse hasta que él ordenara el ataque.


Avanza el enemigo, al paso redoblado y al viento desplegado su rojo pabellón… Entre la barranca y el convento había unos 300 metros de terreno llano, donde se libraría el combate. Los intrusos, alrededor de 250 hombres, marchaban al compás del redoble de sus tambores, con sus banderas al viento. No se imaginaban lo que les esperaba.


Y nuestros granaderos, aliados de la gloria, inscriben en la historia su página mejor… Una ligera falla de sincronización hizo que el flanco encabezado por San Martín se adelantara al resto y quedara expuesto al fuego enemigo. Una descarga de metralla derribó su corcel, que cayó a tierra aprisionando la pierna izquierda del jinete. El combate que se libraba a su alrededor fue intenso y breve; bastaron quince minutos para que la acometida de los bravos granaderos pusiera en fuga a los realistas, que se precipitaron hacia los botes dejando tras de sí 40 muertos, 14 prisioneros, dos cañones, varias armas y una bandera.


Cabral, soldado heroico, cubriéndose de gloria, cual precio a la victoria, su vida rinde, haciéndose inmortal… Este valiente soldado correntino salvó la vida de su jefe a costa de la propia, ayudándolo a zafar cuando quedó aprisionado por su caballo. Murió poco después, en el hospital montado en el convento, junto con el capitán Justo Bermúdez y otros catorce héroes caídos en combate. ¡Honor, honor al gran Cabral!... y a todos los demás.


Pocas horas después, acallados los ecos de la refriega, bajo la sombra del histórico pino, San Martín dictó el parte de la victoria que marcó un hito en la historia de la Patria, y que en 1901 Cayetano Silva inmortalizó en esa hermosa y queridísima “Marcha de San Lorenzo”.


CASEROS

En 1850 toda esperanza parecía haberse desvanecido para los enemigos de Juan Manuel de Rosas. Uno a uno, los intentos por derribarlo habían fracasado y el comienzo del cuarto mandato de su prolongado gobierno se presentaba despejado de obstáculos. El propio San Martín le había dejado su legendario sable como legado.


Sin embargo, aquella calma era aparente: aunque los unitarios eran una fuerza en dispersión, el espacio federal presentaba fisuras. La mayor ebullición estaba en el litoral, particularmente en la provincia de Entre Ríos, dueña de una fuerza militar considerable y una economía autosuficiente. No debía extrañar, entonces, que Justo José de Urquiza, el gobernador de esa provincia, fuese el personaje más recelado por Rosas, como tiempo atrás lo habían sido Estanislao López o Facundo Quiroga.


Fronteras afuera, el Brasil, que Rosas siempre cuidó de no agredir, representaba una presencia amenazante: era sabido que el vecino imperio no cejaría jamás en su empeño por meter las narices en los asuntos internos del Río de la Plata.


El 1° de mayo de 1951 Urquiza hizo público su famoso Pronunciamiento y declaró la guerra a Rosas, un giro inesperado de quien había sido durante muchos años aliado político y sostén del gobernador de Buenos Aires. Seguramente influyeron las cuestiones económicas vinculadas con los intereses de las provincias litoraleñas, afectadas por el centralismo portuario, y los asuntos particulares de Urquiza; poderoso comerciante, hacendado y propietario de mataderos y saladeros.


El 11 de septiembre de ese año, la Confederación Argentina rompió relaciones con la corte brasileña. El final del tiempo rosista se precipitaba inexorablemente.


La debilidad militar de Rosas era ostensible luego de la defección del ejército de Manuel Oribe en la Banda Oriental. Debió improvisar una fuerza armada que, aunque numerosa, distaba de la fortaleza del poderoso Ejército Grande, que marchaba hacia Buenos Aires. El cruce del Paraná por aquella fuerza descomunal de 30.000 hombres fue, en palabras de Sarmiento, “uno de los espectáculos más grandiosos que la naturaleza y los hombres pueden ofrecer”.


Las tropas de Rosas esperaban atrincheradas en el Palomar de Caseros, en los terrenos que hoy ocupa el Colegio Militar de la Nación. La mañana del 3 de febrero de 1852 comenzó con fuego de artillería desde ambos bandos. El general Pacheco había renunciado al mando el día anterior y el propio Rosas dirigía las acciones. La resistencia no duró demasiado; la carga del ejército aliado fue arrolladora y las tropas rosistas se dispersaron en medio de un gran desorden.


Las acciones concluyeron cerca de las dos de la tarde. Para entonces, Rosas había abandonado el lugar y en el camino redactó la renuncia que envió a la Junta de Representantes. Ya en la ciudad, se refugió en casa de Mr. Gore, el Encargado de Negocios de Inglaterra, y esa noche abordó junto a sus hijos la cañonera Centaur que lo llevaría a un exilio que duraría 25 años, hasta su muerte en 1877.





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