Mariano Moreno



“Cada día se aumenta más mi pesadumbre al ver que se cumplen cuatro meses y 18 días, de tu salida, y todavía no tengo el consuelo de recibir carta tuya...”, escribía María Guadalupe Cuenca, el 9 de junio de 1811.


La desdichada esposa de Mariano Moreno contaba los días y seguía enviando cartas a Londres, ignorando que el destinatario había muerto en altamar el 4 de marzo.


El exsecretario de la Primera Junta se había embarcado el 24 de enero de aquel año, camino a un exilio disfrazado de misión diplomática en Europa tras perder la pulseada política con Cornelio Saavedra y el ala conservadora del gobierno patrio.


El recelo mutuo entre ambos comenzó el mismo día en que fueron ungidos presidente y secretario de la Junta. Tenían distintos temperamentos y visiones diferentes del momento. Para Saavedra, todo debía hacerse paso a paso, mientras que al fogoso secretario las urgencias revolucionarias le carcomían las entrañas.


Moreno, redactor de La Gazeta, se había convertido en el referente del núcleo duro criollo que integraban Castelli, Belgrano, Rodríguez Peña, Vieytes y French, entre otros. Si bien se había incorporado a la causa después que los nombrados, gozaba de prestigio como abogado de nota, autor de la Representación de los Hacendados a favor del libre comercio.


Ambos tenían amigos y aliados dentro y fuera de un gobierno en el que convivían halcones y palomas. Saavedra contaba con el apoyo incondicional de los Patricios, el regimiento más importante de plaza. Moreno tenía mayoría en la Junta: salvo el cauteloso Juan José Paso y Domingo Matheu, el resto le respondía. Sin embargo, por los menesteres de la guerra, varios morenistas abandonaron tempranamente la escena: Belgrano con rumbo al Paraguay; Castelli y Vieytes al Alto Perú; al tiempo que arribaban a la metrópoli los diputados del interior, de raíces conservadoras y más proclives a entenderse con el circunspecto presidente antes que con el secretario tildado de jacobino.


El diputado cordobés Gregorio Funes no tardó en enrolarse en el saavedrismo, erigiéndose en el principal adversario ideológico y político de Moreno. La alianza de Funes con Saavedra dio lugar a un eje de poder sustentado en la capacidad intelectual de uno y el poder militar del otro que confrontó con el ala morenista. La ruptura quedó servida cuando los recién llegados reclamaron su lugar en el gobierno que Moreno y los suyos no estaban dispuestos a reconocerles para no quedar en minoría.


El desenlace se precipitó a principios de diciembre de 1810 a raíz de lo ocurrido durante el festejo del triunfo de Suipacha, en el Regimiento de Patricios, cuando un oficial pasado de copas propuso un brindis en honor de Saavedra, llamándolo “emperador de América”, al tiempo que ponía en manos de la esposa de este la corona de azúcar que adornaba una torta.


Moreno, indignado además porque un centinela le habría impedido el acceso, esa misma noche redactó el célebre Decreto de Supresión de Honores. “Ningún habitante de Buenos Aires ni ebrio ni dormido debe tener impresiones contra la libertad de su país”, sentenció en el documento que Saavedra firmó de mala gana.


Fue la gota que rebasó el vaso. Saavedra contraatacó sometiendo a votación la incorporación de los representantes de las provincias a la Junta, frenada por los morenistas. La jugada fue jaque mate: Moreno perdió la votación y presentó la renuncia, aunque aceptó aquella misión diplomática en Inglaterra. Había estado apenas siete meses en el tapete.


Abordó la fragata inglesa “Fame” sumido en las peores acechanzas. “No sé qué cosa funesta se me anuncia en este viaje”, dijo a sus amigos antes de partir. Lo acompañaban su hermano Manuel y Tomás Guido. Por esos días, Guadalupe recibió un presente anónimo que presagiaba lo peor: un ajuar para viudas.


Moreno la pasó mal, recluido en su camarote, sin comer, presa de fiebre y mareos. Sus acompañantes pidieron en vano al capitán que variara el curso para desembarcar al enfermo en el Brasil. No había médico a bordo, y se le administró un brebaje cuya ingestión le provocó la muerte.

“Viva mi patria aunque yo perezca”, habrían sido sus últimas palabras. Su cuerpo fue arrojado al mar, envuelto en una bandera inglesa. Para algunos, pudo tratarse de un crimen. “Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el Capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento”, escribió Manuel años más tarde.


“Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”, declaró Saavedra cuando le dieron la noticia. Durante meses, Guadalupe siguió dirigiendo sus cartas a Londres, catorce en total, sin saber que el cuerpo de su amado yacía en el fondo del mar.


Mariano Moreno tenía 32 años y un hijo, Marianito, de seis. Con él se apagaba la llama de la revolución…

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